PARTE 2
A las 8 de la mañana, Diego y doña Teresa desayunaban cuando Mariana apareció con una carpeta.
—¿Ya aceptaste? —preguntó Diego.
—Preparé mi propia propuesta.
Colocó sobre la mesa varias hojas impresas.
La primera mostraba una gráfica.
Ingresos de Mariana: 91%.
Ingresos de Diego: 6%.
Aportación de Teresa: 3%.
Diego dejó de masticar.
—¿Qué es esto?
—Una auditoría de nuestra convivencia.
Mariana comenzó por el departamento.
Una vivienda similar en esa zona de Guadalajara costaba alrededor de $16,000 mensuales. Calculó una parte proporcional por el uso que Diego y Teresa habían hecho de la propiedad durante 24 meses.
Después agregó servicios, despensa, medicamentos, ropa, celulares, salidas, regalos y gastos personales.
Había conservado casi todo.
Transferencias.
Estados de cuenta.
Compras con tarjeta.
Recibos digitales.
Incluso el pago de un tratamiento dental de Teresa que costó $28,000.
Cuando terminó, la cifra aproximada superaba los $480,000 pesos.
Doña Teresa se puso roja.
—¿Nos estás cobrando por vivir en familia?
—No. Estoy usando exactamente la lógica que ustedes usaron conmigo anoche.
—¡Soy tu suegra!
—Y yo no soy su cajero automático.
Diego intentó intervenir.
—Mariana, estás exagerando.
—Entonces hagamos algo sencillo. Ustedes quieren recibir $30,000 mensuales. Yo ya no quiero mantenerlos. Pueden empezar a sostenerse solos.
Teresa se llevó una mano al pecho.
—¿Nos estás corriendo?
—Estoy diciendo que aquí ya no van a vivir gratis mientras me explican cómo debo gastar mi sueldo.
Aquella tarde Teresa tomó una maleta y se marchó indignada.
Diego se quedó.
A las 8 de la noche aseguró que había reflexionado.
—Tienes razón. Voy a conseguir trabajo. Mamá también entendió. Te vamos a devolver parte de lo que has gastado.
Mariana no volvió a confiar sólo en palabras.
Con ayuda de Valeria, una amiga abogada, prepararon un reconocimiento de adeudo por $480,000 pesos, con pagos mensuales. Diego y Teresa terminaron firmándolo y ratificaron sus firmas ante notario.
Durante 2 semanas, todo pareció mejorar.
Diego consiguió empleo en una agencia de publicidad.
Volvió a lavar platos, sacar la basura y hablar de planes juntos.
Mariana casi creyó que habían salvado su matrimonio.
Hasta que llegó el primer pago.
No depositó un peso.
—Mi mamá tuvo una emergencia —dijo Diego evitando mirarla—. El próximo mes pago doble.
Esa misma semana Mariana estaba limpiando un clóset cuando encontró una caja que había pertenecido a su abuela.
Entre fotografías viejas había una imagen de una mujer extraordinariamente parecida a Teresa.
Atrás decía:
“Lourdes, 1989.”
También encontró una carta.
En ella, Lourdes le contaba a la abuela de Mariana que su hermana Teresa había intentado echarla de su propia casa por celos y que estaba poniendo a toda la familia en su contra.
Mariana sintió un escalofrío.
Diego siempre le había dicho que su madre era hija única.
Cuando le mostró la fotografía, él palideció.
—Mi mamá me dijo que su hermana murió cuando era bebé.
Mariana volvió a mirar aquella carta amarillenta.
Entonces comprendió que el problema de su matrimonio quizá había comenzado muchos años antes de que ella conociera a Diego.
Y cuando descubriera qué había hecho realmente Teresa con su propia hermana, ya no habría forma de salvar aquella familia.
PARTE 3
Valeria tardó poco más de una semana en localizar a la familia de Lourdes.
La mujer había muerto 5 años antes, pero tenía una hija llamada Claudia que trabajaba como enfermera en un hospital de Guadalajara.
Al principio Claudia se negó a hablar.
—No quiero saber nada de mi tía Teresa.
Mariana insistió sólo una vez.
—No quiero meterme en su familia. Necesito saber si estoy viviendo algo parecido a lo que vivió su mamá.
Hubo un silencio.
—Nos vemos mañana.
Se encontraron en una cafetería cerca del hospital.
Claudia tenía 38 años y los mismos ojos de la mujer de la fotografía.
Su historia hizo que Mariana sintiera que estaba escuchando una versión antigua de su propia vida.
Teresa y Lourdes habían crecido juntas. Teresa era dominante, competitiva y necesitaba controlar cada decisión familiar. Lourdes era más tranquila.
Cuando el esposo de Lourdes murió, Teresa se ofreció a “ayudarla”.
