PARTE 1
—Ya hice las cuentas. De tu sueldo, mi mamá y yo necesitamos $15,000 pesos cada uno al mes para nuestros gastos personales.
Diego dejó una hoja sobre la mesa de la cocina como si acabara de presentar el presupuesto de una empresa.
A su lado, doña Teresa asintió con absoluta seriedad.
—Porque, si una nuera gana bien y no ayuda a su familia, ¿entonces para qué queremos una nuera así?
Mariana Ortega tardó varios segundos en reaccionar.
Vivían en Guadalajara, en el departamento de 2 recámaras que ella había heredado de su abuela. Mariana tenía 34 años y era gerente de mercadotecnia en una farmacéutica de Zapopan. Ganaba cerca de $68,000 pesos mensuales y llevaba 2 años pagando prácticamente todo.
Diego, su esposo, era diseñador gráfico independiente. Al menos así se presentaba.
En realidad llevaba meses aceptando trabajos pequeños mientras repetía que todavía no aparecía “el proyecto que estuviera a la altura de su talento”.
Doña Teresa se había mudado con ellos después de vender su departamento en Tonalá. Supuestamente el dinero de aquella venta se había ido en viejas deudas que Mariana nunca había visto.
Mariana abrió la hoja.
Transporte: $2,000.
Comidas y reuniones de trabajo para Diego: $4,000.
Ropa: $3,500.
Entretenimiento y “desarrollo cultural”: $2,500.
Gastos personales: $3,000.
Total: $15,000.
Abajo decía:
“Para mamá, la misma cantidad.”
$30,000 mensuales.
De su salario.
—¿Hablan en serio? —preguntó.
Diego frunció el ceño.
—Tú ganas bien. Todavía te quedarían $38,000 para comida, servicios y tus cosas.
—¿Mis cosas?
—Pues sí. Maquillaje, ropa, lo que compran ustedes.
Doña Teresa intervino:
—Diego necesita sentirse apoyado. Un hombre creativo no puede estar pensando todo el día si tiene para gasolina. Y yo tampoco voy a vivir encerrada como una arrimada.
Aquella palabra hizo que algo se acomodara dentro de Mariana.
Arrimada.
Durante 2 años ella había pagado despensa, luz, internet, médicos, ropa de Diego, medicamentos de Teresa, restaurantes, reparaciones y hasta unas vacaciones en Puerto Vallarta.
Y ahora ellos actuaban como si fueran quienes le hacían un favor.
Mariana dobló lentamente la hoja.
—Necesito una noche para revisar su propuesta.
Diego sonrió, convencido de que había ganado.
—No hay mucho que revisar.
Cuando Mariana se levantó, escuchó a Teresa murmurar:
—Se le va a pasar. ¿A dónde va a ir? Si está casada contigo.
Mariana entró a la recámara, cerró la puerta y sacó una caja donde guardaba estados de cuenta, recibos y comprobantes de los últimos 2 años.
Luego abrió su computadora.
Si ellos querían números, tendrían números.
Mariana aún no lo sabía, pero aquella hoja acababa de despertar algo que llevaba 2 años callando… y al día siguiente nadie en esa cocina iba a reconocerla.
