ntht/ Mi marido anunció delante de su amante y de toda la familia que yo retrasaba el divorcio porque “no podía sobrevivir sin él”, aunque llevaba meses engañándome a mis espaldas. Me quedé helada y decidí salir sin hacer una escena, pero antes de llegar a la puerta escuché: “Si dejaste de amarla hace tanto, ¿por qué no terminaste tu matrimonio antes de meterte en otra cama?”… y el silencio que siguió cambió por completo aquella noche.

PARTE 3

 

Doña Carmen colocó el documento frente a Alejandro.

—A partir de mañana quedas temporalmente apartado de toda autorización relacionada con gastos de representación, nuevas sociedades y movimientos extraordinarios del grupo hasta que termine la auditoría.

Alejandro se levantó tan bruscamente que la silla golpeó el piso.

—No puedes hacerme esto por una infidelidad.

—No te estoy sancionando por acostarte con otra mujer —respondió su abuela—. Eso habla de tu matrimonio. Te estoy apartando porque utilizaste recursos de una empresa familiar para financiar una vida que querías ocultar y porque después intentaste llamarlos “gastos de representación”.

—Voy a devolver cada peso.

—Y sigues sin entender.

Doña Carmen lo miró con una tristeza que me impresionó más que su enojo.

—El problema nunca fue si puedes devolver el dinero. El problema es que estabas convencido de que nadie se atrevería a preguntarte por qué lo gastabas.

Alejandro buscó apoyo entre sus tíos.

Nadie habló.

Su tío Ernesto, miembro del consejo, bajó la mirada.

Entonces doña Carmen dio el golpe definitivo.

—También queda suspendida cualquier discusión sobre tu nombramiento como próximo director general.

Fernanda abrió los ojos.

Yo también.

Durante años todos habían tratado el ascenso de Alejandro como algo inevitable. Él mismo hablaba de “cuando me toque dirigir el grupo”, nunca de “si algún día me eligen”.

—Así que todo esto era una trampa —murmuró.

—No.

Doña Carmen señaló mi antigua silla al fondo del comedor.

—Yo preparé la mesa exactamente como siempre. Fuiste tú quien movió la tarjeta de tu esposa. Tú pediste que la sentaran junto a la puerta. Tú decidiste exhibir a Fernanda aquí. Yo solamente quería saber hasta dónde llegarías si nadie te detenía.

Alejandro me miró.

Y pronunció la frase que terminó de destruir cualquier cosa que todavía quedara entre nosotros.

—Espero que estés satisfecha.

Sentí una calma extraña.

—No lo estoy. Esta probablemente sea una de las noches más tristes de mi vida. Pero no fui yo quien reservó esos hoteles, no fui yo quien usó dinero del grupo, no fui yo quien trajo a Fernanda ni quien movió mi silla. No conviertas las consecuencias de tus decisiones en culpa mía.

Él apretó la mandíbula.

Fernanda, inesperadamente, intervino.

—¿Es verdad que el acuerdo decía que Mariana no podía hablar de nuestra relación?

Alejandro se volvió hacia ella.

—No hagas esto ahora.

—Respóndeme.

—Era una cláusula de confidencialidad.

—Me dijiste que no firmaba porque quería más dinero.

Yo vi cómo el rostro de Fernanda cambiaba.

Durante meses aquella mujer había sido cruel conmigo. Había ido incluso a mi casa para decirme que aceptara “haber perdido”, como si un matrimonio fuera un concurso y mi dolor una medalla que ella necesitaba colgarse.

Sin embargo, en ese instante comprendí que Alejandro también la había alimentado con mentiras.

—Me dijiste que ella vivía de ti —continuó Fernanda—. Que sin los Santillán no tenía nada.

Alejandro perdió la paciencia.

—¿Ahora vas a ponerte de su lado?

—No estoy del lado de Mariana. Estoy intentando saber de qué lado de la verdad has estado tú.

La frase dejó la habitación helada.

Doña Carmen no intervino.

Fernanda señaló el brazalete sobre la mesa.

—¿Mi departamento también está relacionado con la empresa?

Alejandro tardó demasiado en responder.

Eso fue suficiente.

Fernanda se cubrió la boca y dio un paso atrás.

—Dios mío…

—No exageres.

—¿Exagerar? Me hiciste venir aquí creyendo que estabas presentándome oficialmente porque tu matrimonio solamente necesitaba un trámite para terminar. Ahora descubro que todavía intentabas obligarla a mentir, que usaste cuentas corporativas y que hasta el lugar donde vivo está ligado a tu familia.

Alejandro intentó tomarla del brazo.

Fernanda se apartó.

—No me toques.

Aquella escena tenía una ironía terrible.

Durante semanas Alejandro me había pedido que no hiciera “escenas”.

Ahora la mujer por la que supuestamente había reorganizado su vida empezaba a descubrir que esa nueva vida estaba construida sobre versiones distintas de la verdad.

—Todos me están humillando —dijo Alejandro.

Doña Carmen se puso lentamente de pie.

—No utilices esa palabra esta noche.

Señaló hacia mí.

—Humillación fue hacer que tu esposa llegara a esta casa y encontrara a tu amante en su sitio mientras tú la mandabas junto a la puerta. Lo que tú estás sintiendo se llama consecuencia.

Alejandro se quedó callado.

Entonces me miró.

—Nuestro matrimonio ya estaba muerto antes de Fernanda.

—Puede ser —respondí—. Pero si realmente estaba muerto, debiste enterrarlo antes de empezar otro.

Nadie hizo un solo ruido.

Continué porque sabía que probablemente sería la última vez que hablaría de aquello frente a él.

—Podías decirme que ya no me amabas. Podías pedirme el divorcio. Podías irte de casa. Habría llorado, te habría odiado durante algún tiempo y después habría seguido con mi vida. Lo que no tenías derecho a hacer era acostarte conmigo una semana, viajar con ella la siguiente y regresar pidiéndome que organizara la cena de cumpleaños de tu madre como si nada estuviera pasando.

Alejandro bajó los ojos por primera vez.

—Yo…

Levanté una mano.

—No lo arregles ahora porque hay público. Tuviste meses para hablar conmigo cuando estábamos solos.

Doña Carmen le dio dos opciones: sentarse y terminar la conversación con respeto o marcharse.

Alejandro tomó su saco.

Miró a Fernanda esperando que lo siguiera.