PARTE 3
Doña Leticia tardó unos segundos en reaccionar.
Después sonrió.
Era aquella sonrisa amable y artificial que utilizaba siempre que alguien podía descubrir la versión de ella que reservaba exclusivamente para su hija.
—Ay, Mauricio, no hagas dramas. Verónica y yo estábamos platicando.
Mauricio no apartó la mirada.
—Escuché perfectamente.
—Entonces sabes que solo le estoy dando un consejo de madre.
—¿Decirle que voy a cambiarla por una mujer más delgada es un consejo?
Doña Leticia soltó una risita.
—Muchacho, todavía eres joven. Con los años entenderás cómo funciona un matrimonio.
Mauricio dejó los planos sobre la mesa.
Tenía todavía puesta la chamarra azul de trabajo. Sus uñas conservaban manchas oscuras de grasa que ningún jabón conseguía quitar por completo.
Verónica conocía aquellas manos.
Con ellas reparaba máquinas de toneladas.
Pero también eran las manos que cada mañana revisaban que la tapa de su termo estuviera bien cerrada para que no derramara café dentro de su bolsa.
—Creo que entiendo bastante bien mi matrimonio —respondió.
La expresión de doña Leticia cambió.
—Yo quiero que mi hija se cuide.
—Una cosa es querer que alguien se cuide y otra pasar veintisiete años convenciéndola de que nadie puede quererla.
Verónica sintió que se le cerraba la garganta.
—Mauricio…
—No, Vero. Déjame terminar.
Doña Leticia se levantó.
—¿Ahora resulta que tú sabes más que su propia madre?
—Sé cómo la trata.
—¡Yo la crié!
—Y ella todavía se pone nerviosa cada vez que come un pedazo de pastel frente a usted.
Aquella frase cayó sobre la cocina como un golpe.
Doña Leticia abrió la boca.
Mauricio continuó:
—También sé que cuando compra ropa piensa primero si usted se burlaría. Sé que cuando alguien le dice que se ve bonita cree que está mintiendo. Sé que durante meses pensó que yo me casé con ella porque no podía conseguir algo mejor.
Verónica bajó los ojos.
Era verdad.
Cada palabra.
Doña Leticia miró a su hija.
—¿Tú le cuentas nuestras cosas?
Verónica no respondió.
—¡Con razón! —exclamó la mujer—. Ahora resulta que soy la villana. Después de todo lo que hice por ti.
Mauricio soltó el aire lentamente.
—Aquí nadie está hablando de villanos. Estoy hablando de respeto.
—¿Y tú quién eres para darme lecciones?
—Su esposo.
—Un mecánico.
Mauricio no se movió.
Pero Verónica sí.
Levantó la cabeza.
Su madre acababa de pronunciar aquella palabra con exactamente el mismo desprecio con que, antes de la boda, había descrito al hombre con quien quería casarla.
“Por lo menos un mecánico te quiere.”
No había querido a Mauricio para su hija.
Simplemente había considerado que ambos pertenecían a la misma categoría de personas que debían conformarse con lo que recibieran.
Doña Leticia siguió hablando.
—No olvides que cuando ustedes se conocieron yo fui la primera en decirle que aceptara salir contigo. Si no fuera por mí, probablemente seguirías solo.
Mauricio ladeó la cabeza.
—Entonces gracias.
La mujer sonrió, creyendo que había ganado.
—Ya ves.
—Gracias por presentármela. Ha sido lo mejor que me ha pasado.
La sonrisa desapareció.
Mauricio tomó la mano de Verónica.
—Pero no vuelva a usar eso para hacerla sentir que me debe algo.
Doña Leticia empezó a ponerse roja.
—Verónica, dile algo.
Toda su vida, aquella frase había significado lo mismo.
Obedéceme.
Dame la razón.
No me contradigas delante de nadie.
Verónica sintió el impulso automático de disculparse.
Incluso llegó a abrir la boca.
Entonces sintió la mano de Mauricio.
No la estaba apretando.
No estaba empujándola.
Solo estaba allí.
Como siempre.
Verónica respiró profundamente.
—Mauricio tiene razón.
Su madre la miró como si acabara de recibir una bofetada.
—¿Qué dijiste?
—Que tiene razón.
—¿Vas a ponerte de su lado contra tu propia madre?
—No estoy contra ti, mamá.
—¡Claro que sí!
—Solo estoy cansada.
Doña Leticia parpadeó.
—¿Cansada de qué?
Verónica se rio sin alegría.
—¿En serio quieres saberlo?
Durante unos segundos regresaron imágenes que llevaba años guardando.
A los trece, su madre escondiendo los dulces que habían llevado a casa sus tíos porque “Verónica no necesitaba más calorías”.
A los quince, escuchándola decir que el vestido de graduación no podía ser bonito porque “las gorditas deben vestirse discretamente”.
A los diecinueve, comparándola con una prima delante de toda la familia.
A los veintitrés, preguntándole en Navidad:
“¿No te da vergüenza que todas tus amigas ya tengan novio?”
A los veintisiete, mientras cerraba su vestido de boda:
“Da gracias porque alguien te quiso.”
—Estoy cansada de sentir que siempre tengo que agradecer cualquier cosa buena porque, según tú, yo valgo menos.
Doña Leticia permaneció inmóvil.
—Nunca dije eso.
Verónica sonrió con tristeza.
—Me lo dijiste de mil maneras.
—Yo quería prepararte para la vida.
—No. Me preparaste para aceptar cualquier cosa.
La madre frunció el ceño.
—Qué exagerada.
—Por eso acepté casarme tan rápido.
Mauricio volvió el rostro hacia ella.
Verónica continuó.
—Cuando conocí a Mauricio ni siquiera estaba segura de que me gustara. Tú repetías tanto que era mi oportunidad, que terminé creyendo que si decía que no nadie volvería a interesarse por mí.
Doña Leticia cruzó los brazos.
—¿Y acaso te fue mal?
—Eso no lo justifica.
Mauricio soltó lentamente la mano de su esposa.
No por enojo.
Porque entendió que aquello debía decirlo ella sola.
Verónica lo miró.
—Al principio pensé que Mauricio también se estaba conformando conmigo.
Él bajó la vista.
—Yo pensaba lo mismo de ti.
Ambos sonrieron apenas.
Doña Leticia los observaba confundida.
Mauricio se apoyó contra la mesa.
—Mi mamá hizo algo parecido conmigo —explicó—. Desde niño me decía que era bruto. Que solo servía para trabajar con las manos. Que una mujer inteligente nunca iba a fijarse en mí.
Doña Leticia guardó silencio.
—Así que cuando conocí a Vero pensé: ella trabaja entre libros, sabe de historia, escribe bonito, habla mejor que yo… seguramente está aceptando porque su mamá la presiona.
Verónica lo miró sorprendida.
Nunca se lo había contado tan claramente.
—Por eso casi no hablaba cuando salíamos —continuó Mauricio—. Me daba miedo decir alguna estupidez.
—Yo creía que te aburrías conmigo.
—Y yo creía que tú te avergonzabas de mí.
Se miraron.
Aquello habría sido gracioso si no hubiera sido tan triste.
Dos adultos convencidos de no merecer ser elegidos.
Ambos habían llegado al matrimonio pensando que el otro estaba haciendo un sacrificio.
—¿Y saben qué? —interrumpió doña Leticia—. Al final funcionó. Entonces no sé por qué estamos haciendo semejante escándalo.
Verónica sintió algo romperse dentro de ella.
No fue dolor.
Fue paciencia.
—Porque funcionó a pesar de ti, mamá.
La mujer palideció.
—Verónica.
—Nosotros tuvimos suerte. Pero imagina que Mauricio hubiera sido un hombre violento. O alcohólico. O alguien que me tratara mal. Yo habría aguantado porque tú pasaste años diciéndome que debería agradecer que cualquier hombre me escogiera.
Doña Leticia intentó responder.
No pudo.
—Eso es lo que me duele —continuó Verónica—. No que me hayas dicho gorda. Sé que soy una mujer grande. Tengo espejo. Lo que me duele es que me enseñaras que mi cuerpo decidía cuánto respeto podía exigir.
La cocina quedó completamente en silencio.
Afuera empezó a escucharse la lluvia contra las ventanas.
Doña Leticia tomó su bolsa.
—Veo que aquí estoy de más.
Verónica tragó saliva.
Durante años habría corrido detrás de ella.
Habría pedido perdón.
Habría preparado café.
Habría dicho:
“Mamá, no te enojes.”
Aquella vez permaneció quieta.
—Puedes quedarte si vas a respetarnos.
