PARTE 2
—Yo no soy un producto defectuoso —respondió Verónica.
Mauricio levantó su taza.
—Yo tampoco. Pero nuestras madres parecían convencidas.
Aquella noche hablaron hasta casi las dos de la mañana.
Él le contó sobre las máquinas de la fábrica, sobre cómo podía reconocer una falla solo por el sonido de un engrane. Verónica le habló de cartas antiguas, fotografías olvidadas y expedientes de familias que habían vivido en Puebla muchas décadas antes.
Por primera vez descubrieron que el silencio entre ellos no era rechazo.
Era timidez.
Mauricio durmió en el sofá.
—No tenemos por qué hacer nada solo porque ya firmamos un papel —le dijo—. Cuando tú quieras.
Aquella frase cambió la manera en que Verónica empezó a verlo.
Los meses siguientes fueron extrañamente tranquilos.
Ella se levantaba temprano, preparaba café y algo para que Mauricio llevara a la fábrica. Él regresaba cubierto de polvo metálico, se bañaba y cenaban juntos.
El departamento comenzó a transformarse.
Verónica puso plantas junto a la ventana, cambió las cortinas y compró un mantel alegre para la mesa.
Mauricio arregló la llave que goteaba, reparó una puerta que se atoraba y colocó una lámpara sobre el escritorio donde Verónica leía por las noches.
Nunca llegaba con enormes ramos de flores.
Pero si hacía frío cerraba la ventana antes de que ella se levantara.
Si Verónica llegaba tarde, encontraba agua caliente para bañarse.
Si había quedado una sola pieza de pan dulce, misteriosamente siempre terminaba en el plato de ella.
Un sábado Verónica horneó un pastel de elote.
Mientras Mauricio repetía por tercera vez, ella comentó:
—Mi mamá dice que debería dejar de cocinar estas cosas. Que así nunca voy a bajar de peso.
Mauricio dejó el tenedor.
—Tu mamá dice muchas tonterías.
Verónica levantó la mirada.
—¿No te molesta que sea gorda?
Mauricio frunció el ceño como si la pregunta fuera absurda.
—Me gustas como eres.
—Eso dices porque ya nos casamos.
—No. Lo digo porque me gustas.
Y después añadió, completamente serio:
—Además, a mí nunca me gustaron las mujeres que parecen vivir con hambre. Yo quiero abrazar a mi esposa, no sentir que estoy cargando un perchero.
Verónica soltó una carcajada.
Pero aquella noche, acostada sola porque Mauricio todavía respetaba la distancia que habían acordado, sonrió durante mucho tiempo.
Tres meses después dejaron de dormir separados.
No hubo música romántica ni grandes declaraciones.
Solo confianza.
La vida siguió.
Hasta que un domingo doña Leticia apareció sin avisar.
Entró revisándolo todo.
—Estas cortinas se ven baratas.
Verónica respiró hondo.
—A mí me gustan.
—¿Y otra vez hiciste pastel?
—Sí.
La madre la observó de arriba abajo.
—Se nota.
Verónica guardó silencio.
Doña Leticia sonrió con crueldad.
—¿Tú crees que Mauricio va a seguir mirándote toda la vida? En la fábrica seguro hay muchachas jóvenes, arregladas, delgadas. Los hombres son hombres. Un día va a encontrar algo mejor.
No escucharon abrirse la puerta.
Mauricio había regresado porque olvidó unos planos.
Se quedó inmóvil en la entrada de la cocina.
Y por la expresión de su rostro, Verónica supo que aquella vez su madre había cruzado una línea.
Mauricio caminó hacia ellas, puso una mano sobre el hombro de su esposa y miró directamente a doña Leticia.
—Quiero que repita lo que acaba de decir.
La cocina quedó en completo silencio.
Y doña Leticia todavía no entendía que acababa de provocar al único hombre que jamás había permitido que Verónica fuera humillada.
