ntht/ Mi madre llegó a mi apartamento, miró mi cuerpo y se burló: “Sigue comiendo pastel; cuando tu marido encuentre una mujer joven y delgada, no vengas llorando conmigo”. Estuve a punto de callar como siempre, pero entonces se abrió la puerta de la cocina. Mi esposo había regresado por unos planos que olvidó en casa… y su rostro cambió por completo cuando escuchó la última frase que ella acababa de decirme.

PARTE 1

—Estás pasada de peso, no eres bonita y ya tienes veintisiete años. Deberías agradecer que un mecánico quiera casarse contigo.

Elena apretó los labios mientras su madre jalaba con fuerza el cierre del vestido crema que habían comprado con descuento en una tienda del centro de Puebla.

—Mete la panza, Verónica —ordenó doña Leticia—. ¿Quién más va a fijarse en una archivista que pasa el día entre papeles viejos y por las noches se come dos conchas con chocolate?

—Mamá, ya basta.

—¿Basta de qué? Yo solo digo la verdad. Mauricio trabaja en una fábrica de autopartes, tiene sueldo fijo, no toma, no anda de mujeriego. Con lo difícil que está encontrar marido, tú deberías sentirte afortunada.

Verónica miró su reflejo.

Tenía un rostro redondo, hombros anchos, cabello castaño que nunca conseguía mantener perfectamente peinado y un cuerpo que su madre llevaba años describiendo como un problema que debía corregirse.

En el Archivo Municipal se sentía útil. Allí nadie medía su cintura antes de pedirle ayuda. Los adultos mayores la buscaban porque podía pasar horas revisando cajas hasta encontrar un documento perdido.

Pero en aquella habitación, vestida para casarse con un hombre al que apenas conocía desde hacía tres meses, volvió a sentirse como la adolescente que siempre escuchaba:

“Si fueras más delgada…”

“Si aprendieras a arreglarte…”

“Si fueras como tu prima…”

Sonó el timbre.

—Ya llegaron —dijo doña Leticia, cambiando inmediatamente su expresión—. Sonríe. Por lo menos haz que parezca que estás contenta.

Mauricio entró unos minutos después con un ramo sencillo de rosas rojas.

Era alto, ancho de espalda, de manos grandes y ásperas. El traje rentado parecía incomodarlo.

—Hola, Vero.

—Hola.

—Esto es para ti.

—Gracias.

Se quedaron mirándose en silencio.

Los había presentado una vecina. Mauricio trabajaba turnos de doce horas reparando maquinaria industrial. Hablaba poco y parecía sentirse más cómodo frente a una prensa hidráulica que frente a una mujer.

Verónica había aceptado salir con él principalmente para que su madre dejara de insistir.

Mauricio, por motivos que ella nunca había preguntado, también parecía haber aceptado casarse sin demasiado entusiasmo.

Firmaron el acta civil rodeados de unos cuantos familiares y después comieron mole, arroz y pastel en casa de doña Leticia.

Antes de que los recién casados se marcharan, la madre llevó a Verónica aparte.

—Una última cosa. Cuando llegue cansado, sírvele de comer. No le estés reclamando tonterías. Y por favor, no aburras al pobre hablando de tus libros y tus archivos. Ya bastante suerte tuviste con que alguien te llevara.

Verónica bajó la mirada.

No sabía que Mauricio estaba detrás de la puerta.

Y había escuchado absolutamente todo.

Aquella noche llegaron al departamento de él, en una unidad habitacional al norte de la ciudad.

Había pocas cosas: un sofá viejo, una mesa, una televisión y una cocina casi vacía.

Mauricio dejó las maletas.

—Mi mamá murió hace dos años —explicó—. Desde entonces vivo como puedo.

Verónica puso agua para café.

Ninguno sabía qué hacer después.

Entonces Mauricio se sentó frente a ella y dijo algo que la dejó inmóvil.

—Escuché lo que tu mamá te dijo antes de salir.

Verónica sintió que se le quemaba el rostro de vergüenza.

Pero lo que Mauricio dijo después fue todavía más inesperado.

—Mi madre también decía que nadie iba a quererme. Supongo que juntaron a dos productos defectuosos.

Verónica lo miró.

Y por primera vez aquel día, se rio.

Todavía no sabía que esa frase torpe sería el principio de algo que su propia madre jamás habría imaginado.