PARTE 1
—Si vuelves a tocar a mi hija, no habrá apellido, dinero ni escuela que pueda protegerte de mí.
Elena Salgado dijo aquellas palabras en el pasillo de la Academia Real de Danza de Santa Fe, vestida con el uniforme gris que todos asociaban con el personal de limpieza. Frente a ella, Renata Alcocer, hija de uno de los principales patrocinadores, sostenía todavía la mochila de Valeria, la joven de 16 años que estaba sentada en el suelo con las manos temblorosas.
Minutos antes, Renata y dos compañeras habían encerrado a Valeria en los vestidores, le habían mojado las zapatillas y habían escondido su pase para el Concurso Nacional de Ballet. Todo porque Valeria, becada y aparentemente hija de una afanadora, había obtenido el solo principal que Renata consideraba suyo.
—Fue una broma —dijo Renata, sin una pizca de culpa—. Aquí no cualquiera puede comportarse como estrella.
Valeria le suplicó a su madre que se fueran. Durante años, Elena le había hecho creer que limpiaba oficinas por las noches y escuelas por las mañanas. Quería que su hija creciera lejos del poder, de los escoltas y de los enemigos que ella había acumulado como dueña secreta de Grupo Centinela, la empresa de seguridad privada más influyente del país.
Pero nadie en la academia conocía ese nombre ligado a Elena. Para todos, era una mujer humilde que llegaba en transporte público y llevaba el almuerzo en un recipiente de plástico.
