ntht/ Mi hermana me rogó que alojara a su hija “sólo dos meses” mientras encontraba empleo, pero medio año después yo seguía pagando su comida, agua, luz y hasta las cenas de su novio. Cuando finalmente le dije que debía aportar dinero o regresar con su madre, mi sobrina amenazó con poner a toda la familia en mi contra. Yo estaba a punto de ceder por culpa… hasta que mi hermana admitió por teléfono: “Aquí tampoco la soportábamos; pensé que contigo se tranquilizaría”.

PARTE 2

—Saca a ese muchacho de mi casa ahora mismo.

El novio de Daniela, Iván, ni siquiera se levantó.

—Relájese, señora. Nomás estamos pasando el rato.

Miré la ceniza dentro de mi taza favorita.

—Aquí no se fuma. Y si en treinta segundos sigues sentado, llamo a la policía.

Daniela casi explotó.

Cuando Iván finalmente se fue, cerró la puerta de un golpe y regresó a la cocina.

—¡Me hiciste quedar como una idiota!

—¿Yo? Trabajé dieciséis horas y llegué a encontrar a un extraño fumando, comiéndose mi cena y usando mi casa como si fuera un hotel.

—Era comida, tía. No oro.

—Daniela, llevas medio año aquí sin poner un peso.

Entonces soltó una sonrisa cruel.

—¿Y qué otra cosa tienes que hacer con tu dinero? Estás sola. Ni marido tienes ya. Deberías agradecer que haya alguien en esta casa.

Aquello me dolió más de lo que quise demostrar.

Dos días después llamé a Marta.

Le conté todo.

Esperaba que regañara a su hija.

En cambio, se molestó conmigo.

—Elena, la muchacha está buscando su camino.

—No ha ido a una sola entrevista.

—No exageres.

—Se levanta después del mediodía, no limpia nada y trae hombres a fumar.

Marta suspiró.

—Pues para eso te mando cada mes dinero para sus gastos.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Qué dinero?

Hubo silencio.

—Los tres mil pesos mensuales. Desde que llegó contigo. Para que cooperara con comida, transporte y servicios.

Me senté.

Daniela llevaba meses diciéndome que su madre apenas le mandaba unos cuantos pesos para el celular.

—Marta… yo nunca he recibido un peso.

Otra pausa.

Luego mi hermana murmuró:

—Pues yo se los deposito a ella.

Abrí los movimientos bancarios que Daniela había dejado visibles alguna vez en una computadora familiar. No necesitaba revisarlos a escondidas: Marta empezó a enviarme capturas.

Septiembre: tres mil.

Octubre: tres mil.

Noviembre: tres mil.

Diciembre: cuatro mil quinientos.

Enero: tres mil.

Más de dieciséis mil pesos.

Mientras yo pagaba su comida, su agua y su electricidad, ella gastaba en uñas, ropa, cenas y salidas con Iván.

Pero todavía faltaba algo.

—¿Sabías que no estaba buscando trabajo? —pregunté.

Marta tardó demasiado en contestar.

—Me dijo que quería descansar unos meses.

Cerré los ojos.

—¿Y aun así la dejaste conmigo?

—Elena… entiéndeme. En mi casa ya discutíamos todos los días. Pensé que contigo se tranquilizaría. Tú tienes espacio.

Entonces comprendí la verdad.

Mi hermana no me había pedido que ayudara a su hija.

Me había pasado el problema para poder descansar ella.

Al día siguiente cambié la contraseña del Wi-Fi, puse cerradura en mi habitación y dejé vacío el refrigerador.

Y cuando Daniela despertó, todavía creyendo que todo seguiría como siempre, le puse una hoja de cuentas frente a la cara.

Lo que ella hizo después convirtió una discusión familiar en una guerra.

PARTE 3

Daniela sostuvo la hoja con dos dedos.

—Cuatro mil quinientos de renta… ¿más servicios?

—Sí.

—¿Y comida aparte?

—También.

Soltó una carcajada.

—No tienes vergüenza.

Yo permanecí sentada.

Había pasado demasiados meses reaccionando a sus berrinches. Esa mañana decidí que no volvería a hacerlo.

—Es menos de lo que cuesta rentar un cuarto en esta zona.

—¡Pero yo no soy una desconocida!

—No. Una desconocida probablemente habría cuidado más mi casa.

Su expresión cambió.

—No tengo trabajo.

—Ese problema también tiene solución.

—¿Cuál?

—Buscar uno.

Daniela lanzó la hoja sobre la mesa.

—Sabes perfectamente que no voy a aceptar cualquier porquería de empleo.

—Entonces consigue uno bueno.

—¡No es tan fácil!

—Nunca dije que lo fuera.

Se levantó bruscamente.

—Mi mamá te va a poner en tu lugar.

—Tu mamá y yo ya hablamos.

La seguridad desapareció de su rostro.

—¿Qué te dijo?

Saqué mi celular.

No necesitaba enseñarle los mensajes privados entre mi hermana y yo. Bastó con mencionar las cantidades.

—Tres mil pesos en septiembre. Tres mil en octubre. Tres mil en noviembre. Cuatro mil quinientos en diciembre. Tres mil en enero.

Daniela palideció.

—No sé de qué hablas.

—Tu mamá me mandó los comprobantes.

—Ese dinero era mío.

—Tu mamá asegura que era para cooperar con tus gastos aquí.

—¡Pues yo también tengo gastos!

—Claro. El salón de uñas. Las cenas. La ropa. Los viajes en aplicación para ir a ver a Iván.

Daniela apretó los labios.

—No tienes derecho a controlar lo que hago.

—Mientras yo pagaba absolutamente todo, sí tenía derecho a preguntarme por qué una mujer adulta no podía comprar ni un litro de leche.

—Tú ofreciste ayudarme.

—Durante dos meses.

—¡La familia no pone fechas!

Aquella frase me hizo sonreír con tristeza.

—Curioso. La familia tampoco roba.

Daniela abrió los ojos.

—Yo no te robé.

—Me mentiste. Dijiste que tu mamá apenas te mandaba dinero. Dejabas que comprara comida para dos mientras guardabas el tuyo para divertirte. Sabías que llegaba agotada del trabajo y aun así te comías hasta lo que preparaba para mis guardias.

—Eso no es robar.

—Llámalo como quieras.

Se cruzó de brazos.

—¿Y qué piensas hacer?

—Ya te lo dije. Puedes quedarte bajo estas condiciones o regresar con tu mamá.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Dos días.

Daniela soltó una carcajada nerviosa.

—No vas a hacerlo.

—Ya lo hice.

Tomó el teléfono y llamó a Marta delante de mí.

—¡Mamá! ¡La tía Elena se volvió loca!

Se encerró en su habitación.

Cinco minutos después comenzó a sonar mi celular.