Llamé a Verónica y le dije que mi asesor financiero me había recomendado reducir los 120,000 pesos mensuales que les daba a sólo 30,000.
—¡Eso no cubre ni la hipoteca! —gritó—. No puedes tomar decisiones así sin consultarnos.
Tres horas después llamó Mauricio.
—Dolores, lo mejor sería transferir tus propiedades a un fideicomiso controlado por la familia. Es para protegerte de gente que quiera aprovecharse de ti.
Dos horas más tarde llamó Emiliano.
—¿Esto significa que ya no me vas a dar los 900,000 pesos para mi cumpleaños?
Ninguno preguntó si yo estaba bien.
Esa misma tarde cité a mi asesor financiero, a mi notaria y a una psiquiatra geriátrica. Les entregué la grabación de la cocina, el audio de Emiliano y mi diario.
En cuatro días cambié el testamento, blindé mis recursos para mi propio cuidado, nombré administradores profesionales en caso de enfermedad y cancelé todas las transferencias familiares.
El viernes, durante la cena de cumpleaños de Emiliano, puse un sobre grueso junto a su pastel.
Sus ojos brillaron, convencido de que contenía las llaves de su camioneta.
—Ábrelo —le dije.
Dentro no había dinero.
Había copias de las grabaciones, el nuevo testamento y una carta cuya primera línea decía:
“Desde hoy, ninguno de ustedes volverá a vivir de mí”.
Mauricio palideció.
Verónica soltó el tenedor.
Y Emiliano, sin saber todavía lo que significaba aquella carta, cometió el error que terminaría de destruirlos.
