PARTE 1
—El mejor regalo que podrías darme por mis 18 años sería morirte de una vez, abuela. Así por fin repartimos el dinero.
Emiliano lo dijo sin levantar la vista del celular, mientras comía cereal en la cocina de mi casa en Guadalajara. Yo estaba frente al comal preparando los hot cakes de cajeta que le hacía desde niño. La mantequilla chisporroteaba, el café recién hecho perfumaba la habitación y, aun así, sentí que todo se volvía helado.
Me llamo Dolores Salgado, tengo 66 años y durante cinco años, desde que murió mi esposo, creí que mantener unida a mi familia era la única manera de honrarlo.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté.
Mi nieto alzó los hombros.
—No te hagas la sorprendida. Mi mamá y mi papá dicen que ya estás grande, que tarde o temprano vas a necesitar una residencia y que eso se va a comer la herencia. Mejor que el dinero se use en algo importante. Yo quiero una camioneta eléctrica para mi cumpleaños.
La espátula se me resbaló. El hot cake cayó doblado sobre el comal y empezó a quemarse.
