Aquél era el muchacho cuya colegiatura yo había pagado durante años. El mismo al que le compré su primer auto, le cubrí viajes, uniformes y hasta una mensualidad de 12,000 pesos “para que no se sintiera menos que sus amigos”.
Metí la mano en el bolsillo del mandil y encendí discretamente la grabadora que llevaba desde que enviudé.
—¿Tus padres también piensan así?
—Claro. Mi papá ya investigó lugares donde podrían cuidarte por menos de 50,000 pesos al mes. Dice que, cuando estés allá, él administrará tus cuentas. Tú ya viviste. Nosotros apenas vamos empezando.
El olor a masa quemada llenó la cocina.
Emiliano dejó el tazón en la barra, tomó las llaves del auto que yo le había comprado y salió sin despedirse.
Me quedé mirando las fotografías pegadas en el refrigerador: cumpleaños, graduaciones, Navidades, comidas familiares. En todas, yo abrazaba más fuerte, sonreía más, pagaba la cuenta y agradecía que hubieran ido.
Esa tarde abrí el diario donde llevaba meses anotando comentarios extraños, solicitudes de dinero y “bromas” crueles. Por primera vez no busqué excusas.
Tres días después fui a casa de mi hija Verónica para entregarle unos documentos de su hipoteca. Usé la llave de emergencia porque nadie respondió.
Entonces escuché voces en la cocina.
—No podemos esperar a que se muera —dijo mi yerno Mauricio—. Primero hay que conseguir que parezca incapaz de manejar su dinero.
Me quedé inmóvil detrás del muro.
Y lo que escuché después me hizo entender que la frase de Emiliano no había sido una crueldad aislada, sino el inicio de algo mucho peor.
No podía creer lo que estaban a punto de hacerme…
