ntht/ Mi exmarido se llevó a nuestra hija y, cuando le exigí que la devolviera, se burló: “Tú querías vivir sin mí, ahora aprende a vivir sin ella”. Pasé catorce años buscándola mientras él le hacía creer que yo la había abandonado. Cuando finalmente apareció en un hospital, estaba a punto de abrazarla… pero la primera pregunta que me hizo reveló hasta dónde había llegado la mentira de su pad

PARTE 1

—No la busques, Adriana. A partir de hoy, tu hija ya no existe para ti.

Sentí que el teléfono se me resbalaba de la mano.

Mauricio había pasado por Valeria a las cuatro de la tarde. Nuestra hija tenía un año y diez meses, y aunque él y yo llevábamos casi un año divorciados, nunca le había impedido verla. Habíamos terminado mal como pareja, pero hasta entonces yo había creído que, al menos como padre, era un hombre responsable.

Antes de que salieran le repetí lo mismo de siempre:

—A las seis tiene que cenar. Y tráela bien abrigada, está haciendo un frío horrible.

Tres horas después seguían sin volver.

Lo llamé seis veces. A la séptima respondió.

—¿Dónde están?

Del otro lado escuché el ruido de una carretera.

—Lejos.

—¿Qué significa lejos? Mauricio, regresa a Valeria.

Entonces soltó aquella frase que me partió la vida.

—No la busques, Adriana. Tú querías vivir sin mí. Ahora aprende a vivir sin ella.

La llamada terminó.

Marqué otra vez. El teléfono ya estaba apagado.

Yo tenía treinta y dos años y una florería que había convertido, con muchísimo trabajo, en tres sucursales entre Querétaro y Corregidora. Había empezado vendiendo arreglos en una mesa prestada afuera de un mercado. Mauricio siempre decía que trabajaba demasiado, aunque jamás se quejaba cuando mi negocio pagaba las vacaciones, el coche o las deudas que él dejaba crecer.

Durante mi embarazo nuestras discusiones empeoraron. Él quería que dejara todo.

—Una madre decente se queda en su casa —me decía.

Yo le contestaba que ser madre no significaba renunciar a mi vida.

Dos meses antes del nacimiento de Valeria regresé temprano del local y encontré unos tacones que no eran míos junto a los zapatos de Mauricio. Abrí la puerta de nuestra recámara y lo vi con otra mujer.

El impacto me provocó un parto prematuro esa misma noche.

Valeria sobrevivió gracias a la doctora Lucía Salgado, una ginecóloga de carácter fuerte que, con el tiempo, se convirtió en mi mejor amiga.

Mauricio apareció en el hospital el día del alta para decirme que se iba con Karla, la mujer de aquella tarde.

Me divorcié sin escándalos. No le prohibí ver a nuestra hija. Pensé que el rencor entre adultos no debía convertirse en castigo para una niña.

Qué equivocada estaba.

Esa noche denuncié la desaparición. Lucía movilizó a conocidos, yo llamé a familiares, terminales de autobuses, hospitales y carreteras.

A la mañana siguiente supimos algo peor.

Mauricio había vaciado su departamento, retirado dinero, dejado su trabajo y salido de Querétaro con Karla… y con mi hija.

No había sido un impulso.

Lo había planeado.

Y lo que la policía encontró después en su casa me hizo entender que yo todavía no conocía la parte más monstruosa de su venganza.