PARTE 1
—Mañana llegas temprano, traes los 8,500 pesos de la bomba y de una vez me ayudas a limpiar el terreno. No quiero excusas.
Laura tuvo que apartar el celular de la oreja.
Iba de pie en un camión de regreso a casa, apretada entre pasajeros, después de diez horas revisando inventarios en una bodega. Frente a ella, las luces de los negocios pasaban como manchas detrás de la ventana.
—¿Qué bomba, Patricia?
—La del agua, ¿cuál más? La vieja ya no servía. Ricardo y yo compramos una nueva. Tú eres la dueña, así que te toca pagarla.
Laura cerró los ojos.
Patricia era la hermana de Sergio, su exmarido. Técnicamente ya ni siquiera eran familia.
—Yo nunca te pedí que compraras nada.
—Ay, Laura, por favor. Esa casa estaba abandonada. Nosotros somos los únicos que la estamos cuidando. Deberías agradecernos.
Aquella casa de campo había sido prácticamente lo único que Laura conservó después de un divorcio doloroso ocurrido 2 años atrás. Sergio se quedó con el automóvil y buena parte de los ahorros. Laura aceptó la pequeña propiedad a las afueras de la ciudad porque estaba demasiado agotada para seguir peleando.
Desde entonces casi no iba.
Hasta que, durante un puente, Patricia le pidió las llaves.
—Nada más queremos hacer una carne asada el fin de semana.
Laura aceptó.
El problema fue que Patricia nunca devolvió las llaves.
Dos semanas después, una vecina le mandó fotografías.
El jardín estaba irreconocible.
Habían arrancado los rosales que Laura había plantado con su madre años atrás, removido medio terreno y levantado una estructura cubierta con plástico para sembrar jitomates, chiles y pepinos.
Laura reclamó.
Patricia respondió que “la tierra era para aprovecharse”.
Después comenzaron las cuentas.
Fertilizante.
Semillas.
Mangueras.
Una reparación del portón.
Ahora una bomba nueva.
—Además —continuó Patricia—, mañana Ricardo va a reparar el techo de la bodega. Necesitamos que vengas a sostener unas láminas. Y no olvides el dinero.
—Patricia…
Pero ella ya había colgado.
Laura observó la pantalla apagada.
Abrió su aplicación bancaria. Faltaban nueve días para cobrar y apenas tenía dinero suficiente para comida, transporte y la mensualidad de su departamento.
Entonces recordó una conversación del almuerzo.
Su compañera Mariana había contado que su esposo, encargado de una cuadrilla de trabajadores, llevaba semanas buscando dónde alojar a varios hombres durante una obra carretera que duraría meses.
Laura buscó su número.
—Mariana, ¿todavía necesitan casa para la cuadrilla?
—Sí. ¿Por qué?
Laura miró nuevamente el mensaje de Patricia exigiéndole 8,500 pesos.
Por primera vez en meses, sonrió.
—Porque creo que tengo exactamente lo que están buscando.
A la mañana siguiente, Laura ya había tomado una decisión que Patricia jamás habría imaginado.
Y cuando llegó a la casa de campo acompañada por una camioneta llena de desconocidos, Patricia todavía estaba convencida de que Laura había ido a llevarle el dinero.
