PARTE 2
Patricia estaba sentada bajo una sombrilla, con un vaso de agua fresca en la mano, mientras Ricardo arrancaba hierba junto a la cerca.
—¡Mira quién apareció! —gritó al ver bajar a Laura—. Pensé que ibas a inventar otra excusa. El recibo de la bomba está adentro. Son 8,650, porque también compramos conexiones.
Laura no respondió.
Detrás de su automóvil se estacionó una camioneta blanca.
Patricia frunció el ceño.
—¿Y esos quiénes son?
La puerta se abrió.
Bajó primero un hombre corpulento de unos 45 años llamado Ernesto. Después comenzaron a bajar otros trabajadores cargando maletas, mochilas, garrafones, cobijas y cajas con comida.
—Doña Laura —preguntó Ernesto—, ¿metemos las cosas directamente?
—Sí. La habitación grande tiene cuatro camas. Las demás se acomodan como hablamos.
Patricia se levantó.
—¿Cómo que se acomodan?
Laura respiró profundamente.
—Renté la casa.
El silencio fue inmediato.
Hasta Ricardo dejó caer la pala.
—¿Qué dijiste? —preguntó Patricia.
—Que la renté. Ernesto y su cuadrilla van a quedarse aquí mientras trabajan en una obra cercana.
Patricia miró los cultivos.
—¿Y nosotros?
—Ustedes no viven aquí.
—¡Pero tenemos todo sembrado!
—Sin mi permiso.
—¡Somos familia!
Laura soltó una risa breve.
—Tú eres la hermana de mi exmarido.
Patricia se puso roja.
—Después de todo lo que hemos invertido, ¿nos echas para meter extraños?
—No estoy echando a nadie. Nunca te autoricé a instalarte.
Entonces Patricia cambió de estrategia.
Sacó el recibo de la bomba.
—Perfecto. Primero págame esto, las semillas, la tierra, las mangueras y todo lo que hemos gastado.
Laura tomó el papel, lo miró y se lo devolvió.
—No.
—¿Cómo que no?
—Yo no encargué nada.
Patricia avanzó hacia ella.
—¡Quitamos basura, arreglamos cosas, sembramos! Esta propiedad vale más gracias a nosotros.
Laura señaló un rincón vacío del jardín.
—Ahí había cinco rosales de mi mamá.
Patricia calló.
—Los arrancaste sin preguntarme.
—Estaban estorbando.
Laura la miró fijamente.
—Exactamente. Eso es lo que has hecho desde que te di las llaves: decidir qué estorba, qué se compra, qué se cambia y cuánto debo pagar por cosas que jamás pedí.
Ernesto y los trabajadores permanecían a distancia, evitando intervenir.
Patricia apretó el recibo.
—Entonces vamos a ver qué dice Sergio cuando se entere.
Aquella frase hizo que Laura se quedara inmóvil.
Porque Sergio llevaba 2 años sin interesarse por aquella propiedad.
Sin embargo, Patricia sonreía.
—¿Pensaste que mi hermano no sabe lo que estamos haciendo aquí?
Sacó su teléfono.
—De hecho, él fue quien nos dijo que podíamos usar la casa.
Laura sintió un escalofrío.
Patricia abrió una conversación y le mostró varios mensajes.
El nombre de Sergio aparecía claramente en la pantalla.
Y uno de ellos decía:
“Haz lo que quieras con el terreno. Al final esa propiedad también me corresponde.”
Laura leyó la frase dos veces.
Entonces comprendió que el problema era mucho más grande que unos jitomates y una bomba de agua.
PARTE 3
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Patricia parecía disfrutar el efecto que aquellos mensajes habían producido.
—¿Ves? —dijo finalmente—. Yo sabía que Sergio no iba a dejar que hicieras lo que se te diera la gana.
Laura levantó los ojos del teléfono.
—¿Desde cuándo hablan ustedes de esta propiedad?
Patricia encogió los hombros.
—Desde siempre. Mi hermano dice que aceptó dejarte usarla porque quería terminar rápido el divorcio, pero eso no significa que puedas venderla, rentarla o hacer cualquier cosa sin consultarlo.
Laura sintió que algo se endurecía dentro de ella.
Recordaba perfectamente las semanas del divorcio.
Las discusiones.
Las cuentas escondidas.
El automóvil que Sergio insistió en conservar.
Los ahorros que prácticamente desaparecieron antes de que pudieran dividirlos.
Y recordaba, sobre todo, la firma frente al abogado.
—La propiedad está a mi nombre.
Patricia sonrió con suficiencia.
—Eso dices tú.
Laura sacó su celular.
—No. Eso dice la escritura.
La sonrisa desapareció un poco.
—Mi abogado revisó todos los documentos cuando terminó el divorcio. Sergio cedió cualquier derecho relacionado con esta casa.
—Pues él dice otra cosa.
—Entonces Sergio miente.
Ricardo levantó la cabeza.
—Patricia, mejor vámonos.
—¡Tú cállate!
Pero Laura ya había entendido.
El huerto no era el problema.
La bomba tampoco.
Patricia se comportaba como dueña porque Sergio le había hecho creer que tarde o temprano podría recuperar aquella propiedad.
—¿Por eso nunca me devolviste las llaves?
Patricia evitó responder.
—¿Por eso arrancaste mis plantas, comenzaste a sembrar y empezaste a invertir dinero?
Silencio.
—Estabas ocupando el terreno para después decir que ustedes llevaban meses haciéndose cargo de él.
—No inventes cosas.
Laura tomó aire.
—Quiero mis llaves.
—No.
La respuesta sorprendió incluso a Ricardo.
—Patricia…
—¡No! —repitió ella—. Aquí hemos trabajado nosotros. Ella aparece después de meses y cree que puede tratarnos como delincuentes.
Ernesto dio un paso adelante.
—Señora, nosotros podemos esperar afuera mientras arreglan sus asuntos.
—No hace falta —respondió Laura—. Ustedes tienen un contrato firmado conmigo.
Aquello pareció enfurecer todavía más a Patricia.
—¿Contrato? ¿De verdad hiciste un contrato con estos hombres?
—Sí.
—¡Sin avisarnos!
Laura no pudo evitarlo.
Se rio.
—¿Avisarte? ¿Para rentar mi propia casa?
Patricia comenzó a hablar cada vez más fuerte.
Que había gastado dinero.
Que había sacrificado fines de semana.
Que Ricardo había reparado cosas.
Que ellos habían salvado aquel lugar del abandono.
Que ninguna persona decente trataba así a la familia.
Laura escuchó hasta que aquella última palabra volvió a aparecer.
Familia.
