PARTE 1
—¿Dónde está todo lo que compramos para la semana?
La voz de Mariana atravesó la cocina como un cuchillo.
Frente al refrigerador abierto, su esposo, Rodrigo, seguía masticando con una tranquilidad insultante. En una mano sostenía el último pedazo de chorizo español que ella había comprado esa misma mañana; en la otra, el celular donde escuchaba un audio titulado Activa tu frecuencia de abundancia en 21 días.
—Mariana, no empieces —respondió él mientras tragaba—. Acabo de terminar una meditación profunda. Mi cuerpo necesita proteína para recuperarse.
Mariana sintió que le temblaba un párpado.
Vivían en la casa de su madre, Teresa, en la colonia Narvarte, en Ciudad de México. La idea original había sido sencilla: permanecer ahí 1 año, ahorrar y después dar el enganche de un departamento.
Rodrigo era arquitecto y ganaba bastante más que Mariana, que trabajaba como administradora en una clínica dental.
En teoría, debían estar ahorrando.
En la práctica, el sueldo de Rodrigo desaparecía cada quincena en cursos de biohacking, retiros espirituales, suplementos importados, lámparas de luz roja, pulseras magnéticas y sesiones en línea con un supuesto gurú llamado Gael Solaris.
La semana anterior había pagado 18,000 pesos por un programa llamado Mentalidad de millonario cuántico.
Mientras tanto, Mariana y Teresa pagaban la luz, el gas, el agua y casi toda la comida.
—Compramos 4 bolsas enormes hace unas horas —dijo Mariana mirando los estantes vacíos—. Había carne, pescado, queso, yogur, jamón, leche, fruta…
—Tenía hambre.
—¡También te comiste los camarones que eran para el domingo!
Rodrigo levantó los hombros.
—Mi organismo me los pidió. Debes aprender a escuchar al cuerpo.
Teresa apareció detrás de su hija.
Miró el refrigerador.
Después observó la montaña de empaques vacíos sobre la mesa.
Finalmente contempló a su yerno.
—Rodrigo, hijo… ¿algún día piensas comprar comida tú?
Él se puso rojo.
—Otra vez con sus reproches tóxicos.
—No es toxicidad —contestó Teresa—. Es una cuenta del supermercado por 4,700 pesos que te acabas de comer tú solo.
—Ustedes no entienden mi proceso.
Rodrigo caminó hacia la recámara.
Cinco minutos después regresó con una mochila, su laptop, sus suplementos y su lámpara roja.
—Me voy con mi mamá. Ahí sí respetan mi energía.
Mariana se cruzó de brazos.
—Perfecto.
Rodrigo se detuvo en la puerta.
—Y mañana voy a pensar seriamente en el divorcio. Si quieren que vuelva, tendrán que disculparse.
La puerta se azotó.
Teresa permaneció inmóvil unos segundos.
Después sacó su teléfono.
—¿A quién llamas?
—A tu suegra.
—¿Para qué?
Teresa sonrió de una manera que Mariana nunca había visto.
—Porque Patricia me dijo una vez que, si su hijo volvía a comportarse como un adolescente mantenido, se lo mandara.
Marcó.
Patricia respondió al segundo tono.
Teresa apenas alcanzó a explicar lo sucedido cuando la mujer soltó una carcajada seca.
—¿Ya viene para acá?
—Sí.
—Perfecto —respondió Patricia—. No le hablen, no le manden dinero y, por favor, no lo reciban de vuelta aunque se ponga dramático.
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué vas a hacer con él?
Hubo unos segundos de silencio.
—Recordarle cuánto cuesta vivir como adulto.
Y cuando Rodrigo llegó a casa de su madre creyendo que encontraría cama limpia, cena caliente y alguien dispuesto a defenderlo, Patricia ya lo esperaba en la puerta con una hoja impresa en la mano.
Era una lista de precios.
Y Rodrigo todavía no sabía que acababa de entrar voluntariamente al peor “retiro espiritual” de su vida.
Lo que ocurrió después fue tan absurdo que Mariana tardaría meses en creer que realmente había sucedido.
