PARTE 2
Patricia Hernández no era precisamente una madre sobreprotectora.
A sus 61 años dirigía una clínica veterinaria en Coyoacán, había criado sola a Rodrigo durante buena parte de su adolescencia y llevaba décadas tratando con perros enormes, gatos agresivos y dueños que juraban que sus mascotas “jamás mordían”.
Su paciencia tenía límites muy definidos.
Rodrigo entró a su casa con cara de víctima.
—Mamá, no sabes lo que me hicieron.
—Siéntate.
—Mariana y su mamá están obsesionadas con el dinero. Todo lo convierten en cuentas, recibos, comida…
—Qué horror —respondió Patricia con absoluta seriedad.
Rodrigo suspiró aliviado.
—Sabía que tú sí me entenderías.
—Claro. Y justamente por eso he decidido apoyarte al 100 %.
Rodrigo sonrió.
Patricia puso frente a él la hoja que sostenía.
RETIRO DE DESINTOXICACIÓN MATERIAL
Hospedaje: 3,500 pesos por noche.
Alimentación consciente: 1,200.
Uso de agua caliente: 300.
Internet: no disponible.
Terapia ocupacional: obligatoria.
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
—Muy chistosa.
—No estoy bromeando.
—Soy tu hijo.
—Precisamente. Y llevas meses diciendo que el dinero es una ilusión. Quiero ayudarte a desprenderte de esa ilusión.
Rodrigo la miró con desconfianza.
Patricia señaló la puerta.
—Tienes 2 opciones. Regresas con Mariana, compras todo lo que te comiste y empiezas a pagar tu parte de la casa… o haces aquí tu retiro espiritual.
Su orgullo decidió por él.
—Me quedo.
—Excelente. La primera semana cuesta 25,000 pesos.
—¡¿Qué?!
—Tu gurú te cobra más.
Rodrigo apretó los dientes.
Para no regresar derrotado la misma noche, hizo la transferencia.
Patricia sonrió al recibirla.
—Bienvenido.
—¿Y qué hay de cenar?
Diez minutos después tenía enfrente un plato de quinoa, calabaza cocida y nopales sin queso.
—¿No tienes carne?
—La carne baja la vibración.
—¿Huevo?
—Demasiado terrenal.
—¿Tortillas?
—Carbohidratos del apego.
Rodrigo la miró horrorizado.
Patricia comió tranquilamente un taco de carnitas frente a él.
—¿Tú sí puedes?
—Yo no estoy buscando iluminación.
A las 6:30 de la mañana siguiente lo despertó.
—Arriba.
—Estoy de vacaciones.
—Perfecto. Entonces tienes tiempo.
Lo llevó a la clínica veterinaria.
Durante horas, Rodrigo limpió jaulas, cargó costales, desinfectó pisos y ayudó a sujetar a un enorme san bernardo mientras le cortaban las uñas.
Cada vez que se quejaba, Patricia respondía:
—El trabajo físico desbloquea la abundancia.
Al tercer día, Rodrigo quiso llamar a Gael Solaris.
Descubrió que el gurú lo había eliminado del grupo privado.
Le escribió desde otra cuenta.
La respuesta llegó rápido:
Tu membresía venció. Para continuar tu proceso, renueva con 14,999 pesos.
Rodrigo leyó el mensaje 3 veces.
Por primera vez sintió algo parecido a vergüenza.
Aquella noche encontró a su madre sentada en la cocina con una carpeta.
—¿Qué es eso?
—Los estados de cuenta que tú mismo me mostraste cuando me pediste ayuda con tus impuestos.
Rodrigo palideció.
Patricia fue colocando hojas sobre la mesa.
Cursos.
Suplementos.
Retiros.
Consultorías.
Suscripciones.
En menos de 10 meses había gastado más de 280,000 pesos.
—Con esto —dijo Patricia— podrías haber dado buena parte del enganche del departamento que le prometiste a Mariana.
Rodrigo no respondió.
Entonces Patricia sacó una última hoja.
—Y hay algo más.
Era una captura de pantalla.
Un mensaje que Mariana le había enviado semanas antes.
Rodrigo alcanzó a leer únicamente la primera línea:
“Patricia, no sé cuánto tiempo más pueda seguir sosteniendo este matrimonio…”
Levantó la vista.
—¿Mariana quería dejarme?
Patricia cerró lentamente la carpeta.
—Eso no es lo peor.
Y justo cuando Rodrigo creyó que finalmente entendía lo que estaba a punto de perder, su madre le reveló que Mariana llevaba meses ocultándole una decisión que podía acabar definitivamente con su matrimonio.
