PARTE 3
A la mañana siguiente no hubo desayuno familiar. Hubo una reunión.
La idea fue de mi tía Marta, aunque la presentó como si fuera lo más normal del mundo.
—Ya que todos nos queremos tanto, conviene hablar de dinero con claridad. El cariño se lleva mejor cuando nadie siente que lo están usando.
Beatriz resopló desde la cabecera. Javier tenía una libreta frente a él y yo me senté a su lado.
—Mamá —empezó—, necesito saber exactamente qué acordaste.
—Ya te dije. Renté mi departamento.
—¿Por cuánto tiempo?
—Un año.
—¿Y cuánto te pagan?
Beatriz apretó los labios.
—Eso no importa.
—Sí importa si vas a vivir aquí.
La frase cambió el ambiente. Por primera vez Javier no hablaba como un hijo tratando de evitar un pleito, sino como copropietario de nuestra casa.
Mi suegra terminó diciendo la cantidad. Era una renta bastante buena.
—Con eso podrías pagar un lugar pequeño y todavía ahorrar —comentó Marta.
—¿Para qué voy a tirar el dinero si mi hijo tiene espacio?
Ahí estaba la verdad desnuda.
No era necesidad, enfermedad ni miedo a quedarse sola. Beatriz había hecho cuentas: ella ganaba renta, Karla recibía una parte por conseguir a los inquilinos y nosotros absorbíamos comida, servicios y alojamiento.
—¿Karla cuánto recibe? —pregunté.
—Eso es entre mis hijos y yo.
—No —dijo Javier—. Si el acuerdo depende de que tú vivas aquí, también me toca saberlo.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de Karla:
“Dile a mamá que no se vaya a echar para atrás. Yo ya contaba con ese dinero para completar la mensualidad de mi camioneta.”
Mi tía Marta se quitó los lentes.
—Ah. Ya apareció el organigrama de la empresa.
Beatriz golpeó la mesa.
—¡No se burlen de mi hija!
—Nadie se burla —contesté—. Estamos entendiendo el plan.
Mi suegra se volvió hacia mí.
—Desde que llegué has hecho todo para hacerme sentir incómoda.
—Yo no moví sus cosas. Usted movió las mías. Yo no decidí cómo debían ser sus domingos. Usted decidió los míos. Y yo no renté una casa ajena para instalarme gratis en otra.
Javier respiró hondo.
—Mamá, ¿por qué no me dijiste que era por un año?
—Porque sabía que Paola haría un drama.
—No es Paola. Yo tampoco habría aceptado así.
Beatriz se quedó callada.
Durante años, Javier había sido el hijo que evitaba conflictos. Si su madre pedía algo, él buscaba cómo acomodarlo. En su familia confundían paz con silencio. Mi tía Marta, en cambio, nunca había tenido paciencia para esa costumbre.
—Beatriz —dijo—, yo también tengo hijos. Que un hijo tenga casa no significa que esa casa sea una extensión de la nuestra.
—Yo los crié. Me sacrifiqué.
—Claro. Pero los sacrificios no son pagarés.
Javier cerró la libreta.
—Podemos ayudarte si lo necesitas. Pero vivir aquí un año para que tú y Karla ganen más dinero no es ayuda.
Beatriz se levantó.
—Perfecto. Ya entendí. Tu mujer manda.
—No —respondió Javier—. Aquí decidimos los dos.
Mi suegra se encerró en la recámara. Creímos que llamaría para cancelar el contrato, pero una hora después sonó el timbre.
Eran los nuevos inquilinos de su departamento.
Habían ido porque Beatriz no respondía sus mensajes y necesitaban aclarar un tema de unos muebles. Ella les había dado nuestra dirección como domicilio de contacto durante todo el arrendamiento.
Javier la miró sorprendido.
—¿También diste nuestra dirección?
—Solo para correspondencia.
El hombre mostró el contrato. Habían pagado depósito, primer mes y tenían un acuerdo válido por doce meses. Cancelarlo implicaba negociar con ellos y cubrir la penalización pactada.
La salida fácil desapareció.
Beatriz no podía recuperar su departamento esa misma noche. Pero tampoco podía asumir que nuestra casa seguiría disponible.
—Entonces, ¿qué quieren que haga? —preguntó, por primera vez sin tono de mando.
—Buscar una solución que no recaiga sobre nosotros —respondí.
Le propusimos tres opciones: negociar una terminación anticipada, rentar un espacio pequeño con parte del ingreso o quedarse temporalmente con Karla, quien había impulsado el plan.
Beatriz soltó una risa seca.
