ntht/ Mi esposo siempre defendía a su madre, hasta que ella gritó que aquella era también “su casa” y exigió expulsar a mi pariente porque ya no soportaba compartir espacio. Yo no dije una palabra y estaba a punto de pedirle a mi esposo que eligiera qué clase de matrimonio quería. Entonces llegó un mensaje de su hermana…

PARTE 2

Mi tía Marta llegó dos días después con una maleta pequeña y la capacidad sobrenatural de entender un conflicto familiar antes de que alguien terminara de saludarla.

Miró los zapatos de Beatriz ocupando media entrada, la vajilla nueva en mis alacenas y mi escritorio arrinconado junto al comedor.

—Ay, Beatriz, qué coincidencia. ¿Tú también estás de visita?

Mi suegra estiró la espalda.

—Yo vivo aquí.

Marta sonrió como quien recibe un diagnóstico interesante.

—Ah, pensé que la casa era de los muchachos.

A partir de esa mañana comenzó una guerra tan educada que Javier tardó varias horas en comprender que estaba ocurriendo.

Cuando Beatriz tomaba el cucharón para servirle doble porción a su hijo, mi tía intervenía:

—Déjalo, mujer. Si estás de huésped, descansa. Bastante preocupación tendrás con tus inquilinos.

Cuando mi suegra me pedía cambiar las sábanas de su cama “porque no le gustaba ese suavizante”, Marta decía:

—Paola trabaja todo el día. Entre adultas podemos lavar nuestras cosas, ¿verdad?

Beatriz hervía en silencio.

Al cuarto día, mientras buscaba una póliza del seguro en la impresora, vi un sobre con el nombre de mi suegra. No lo abrí. Se había caído de su bolsa y tenía visible el membrete de una inmobiliaria.

—Señora Beatriz, se le cayó esto.

Ella lo arrebató con demasiada rapidez.

Esa noche, Karla llamó a Javier. La voz se escuchaba desde la sala.

—¿Mamá está bien? Porque los nuevos inquilinos ya depositaron el segundo mes y me preguntaron si el contrato de doce meses sigue igual.

Javier se quedó inmóvil.

—¿Doce meses?

Hubo silencio al otro lado.

Yo levanté la vista.

Beatriz salió de la recámara.

—Karla no sabe lo que dice.

Pero Javier ya estaba pidiendo explicaciones.

La verdad apareció por partes: Beatriz no había rentado su departamento “para probar”. Había firmado por un año, había cobrado depósito y primer mes por adelantado, y además había acordado darle a Karla una parte del dinero porque ella consiguió a los inquilinos.

—¿Entonces ya decidiste vivir aquí un año sin preguntarnos? —dijo Javier.

—No exageres. Soy tu madre.

Mi tía Marta dejó su taza sobre la mesa.

—Eso sí es una inversión extraordinaria. Una cobra renta, otra cobra comisión y los únicos que ponen casa, comida y servicios son Paola y Javier.

Beatriz se puso de pie.

—¡Yo no soy una mantenida!

—Entonces mañana podemos sacar cuentas —respondió Marta con dulzura—. Solo para que nadie te falte al respeto.

Mi suegra perdió el color.

Y en ese instante entendí que había algo más que Javier todavía no sabía.