ntht/ Mi esposo se burló de mí cuando le pedí dinero para curarme un diente que llevaba 2 meses doliéndome: “Vives en mi departamento y comes con mi dinero, ¿y todavía quieres que te pague?”. No discutí; dejé de cocinarle, lavar su ropa y recoger lo que ensuciaba.Pasaron 5 días y terminó comiendo en platos desechables, usando ropa arrugada y descubriendo cuánto cobraban otros por las tareas que yo hacía gratis.

PARTE 3

La cifra era 1,740,000 pesos.

Sergio la leyó 2 veces.

Después una tercera.

—Esto es una locura.

—No —respondió Mariana—. Es una estimación.

Había calculado cuánto habría costado contratar durante 5 años a distintas personas para cubrir una parte razonable de las tareas que ella realizaba: limpieza varias veces por semana, preparación de comida, planchado, acompañamiento de Emiliano, traslados, cuidado en vacaciones escolares y algunas horas de apoyo doméstico.

No estaba cobrando cada minuto de su vida.

Ni siquiera había incluido noches sin dormir cuando Emiliano enfermaba.

Tampoco las llamadas de la escuela.

Ni las citas médicas.

Ni los cumpleaños.

Ni las compras de último minuto.

Ni las veces que Sergio le escribía desde la oficina:

“Amor, mañana necesito camisa blanca.”

“Se me olvidó pagar el internet.”

“¿Puedes recoger un paquete?”

“Invité a mis papás el domingo.”

Para Sergio eran pequeños favores.

Para Mariana eran cientos de pequeñas responsabilidades que nunca terminaban.

—No te estoy pidiendo 1,740,000 pesos —aclaró.

—Pues eso parece.

—Quiero que recuerdes esa cifra la próxima vez que digas que aporto cero.

Sergio apoyó los codos sobre la mesa.

—Yo nunca dije que no hicieras nada.

Mariana soltó una risa breve.

—Dijiste literalmente “financieramente, cero”.

—Porque yo soy quien trae dinero a esta casa.

—¿Y recuerdas por qué?

Sergio guardó silencio.

Mariana llevaba días esperando esa pregunta.

Antes de que naciera Emiliano trabajaba como auxiliar administrativa en una empresa de logística. No ganaba una fortuna, pero tenía sueldo, cuenta propia, seguro y compañeros.

Cuando Emiliano entró al kínder empezó a enfermarse constantemente.

Bronquitis.

Infecciones.

Fiebre.

Llamadas de la escuela.

Sergio acababa de recibir un ascenso y viajaba varios días al mes.

Habían intentado contratar a una persona para ayudarlos, pero después de varias semanas complicadas, fue Sergio quien propuso que Mariana dejara temporalmente su trabajo.

—Tú dijiste que sería lo mejor para los 3 —le recordó—. Dijiste: “Mi sueldo alcanza. Esto es de los dos”.

Sergio bajó la mirada.

—Sí me acuerdo.

—Yo también. Lo que no entiendo es cuándo “lo nuestro” se convirtió en “mi departamento, mi dinero y mi comida”.

Aquella frase sí le dolió.

Porque Sergio había comprado el departamento 1 año antes de casarse.

Al principio jamás lo había utilizado como arma.

Pero con el tiempo empezó a decirlo cada vez más.

“Mi departamento.”

“Yo pago.”

“Yo mantengo esta casa.”

Como si Mariana hubiera llegado 5 años atrás con una maleta para instalarse gratuitamente en un hotel.

—No pensé que lo sintieras así —murmuró.

—Ese es precisamente el problema, Sergio. No lo pensabas.

Su celular vibró.

Era Laura preguntando cómo estaba.

Mariana contestó que bien y dejó el teléfono sobre la mesa.

Sergio se levantó.

—Voy a devolverles los 5,000.

—Hazlo.

Le transfirió el dinero a Diego.

Un minuto después llegó una respuesta.

Sergio leyó el mensaje y apretó la mandíbula.

Mariana no preguntó.

Él mismo giró la pantalla.

“Recibido. Pero no te presté porque me sobrara el dinero. Lo hice porque tu esposa llevaba semanas con dolor. Antes de enojarte conmigo, pregúntate por qué yo me enteré y tú ya lo sabías.”

Sergio dejó el teléfono boca abajo.

Aquella noche planchó su primera camisa.

La quemó ligeramente en una manga.

Maldijo.

Buscó un tutorial.

Volvió a intentarlo.

A la mañana siguiente Mariana fue sola al dentista.

La resina ya no era suficiente.

La pieza estaba más dañada de lo que esperaba, pero todavía podía tratarse sin llegar al procedimiento mucho más costoso que el médico le había advertido semanas atrás.

Cuando salió, tenía media cara anestesiada y una mezcla extraña de alivio y rabia.

El dolor físico empezaba a resolverse.

El otro apenas estaba saliendo a la superficie.

Al regresar encontró a Sergio trabajando desde casa.

—¿Cómo te fue?

—Bien.

—¿Cuánto fue?

—5,300.

Sergio sacó el teléfono y le transfirió el dinero.

Mariana lo observó.

—Gracias.

Él pareció sorprendido por la frialdad.

—También estuve pensando en lo otro.

—Te escucho.

—Podría darte una tarjeta adicional.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque seguiría siendo tu tarjeta. Tú podrías revisar cada compra, bloquearla o decidir cuánto puedo gastar.

—Yo no haría eso.

Mariana sostuvo su mirada.

—Hace una semana tampoco habría imaginado que me dirías que como vivo en tu departamento y como lo que tú compras, debería estar agradecida.

Sergio no discutió.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Una cantidad fija transferida a una cuenta a mi nombre.

—¿Cuánto?

—15,000 pesos al mes.

Sergio abrió mucho los ojos.

—¿15,000?

—Laura recibe 14,000. Y Diego además participa en su casa.

—No podemos comparar familias.

—Perfecto. Entonces no compares a Laura conmigo cuando quieras humillarme frente a los demás.

Sergio se quedó callado.

Golpe directo.

Merecido.

—10,000 —propuso.

—15,000 y repartimos responsabilidades.

—12,000.

—15,000.

—Mariana…

—No estoy negociando cuánto valgo. Estoy negociando cómo vamos a organizar una familia en la que los 2 tengamos seguridad.

Finalmente acordaron 15,000 pesos.

Pero Mariana añadió condiciones.

Sergio se haría cargo de aspirar y trapear los fines de semana.

Plancharía su ropa.

2 noches por semana prepararía la cena.

Y los martes llevaría a Emiliano a la escuela para que Mariana tuviera una mañana completamente libre.

Sergio hizo una mueca.

—Los martes tengo junta a las 9.

—La escuela abre a las 7:30.

No tuvo argumento.

Pensaron que allí terminaría todo.

No fue así.

Dos días después llamó Teresa, la mamá de Sergio.

—¿Es verdad que le estás cobrando a mi hijo por ser su esposa?

Mariana supo inmediatamente quién le había contado.

—No le estoy cobrando.

—Sergio trabaja todo el día. Una esposa también tiene responsabilidades.

—Claro.

—Entonces no entiendo por qué necesitas que te deposite dinero.

Mariana respiró.

Antes habría intentado justificarse.

Esta vez preguntó:

—Doña Teresa, cuando usted dejó de trabajar para cuidar a Sergio y a sus hermanos, ¿mi suegro le daba dinero que fuera solamente suyo?