ntht/ Mi esposo se burló de mí cuando le pedí dinero para curarme un diente que llevaba 2 meses doliéndome: “Vives en mi departamento y comes con mi dinero, ¿y todavía quieres que te pague?”. No discutí; dejé de cocinarle, lavar su ropa y recoger lo que ensuciaba.Pasaron 5 días y terminó comiendo en platos desechables, usando ropa arrugada y descubriendo cuánto cobraban otros por las tareas que yo hacía gratis.

PARTE 2

En la parte superior de la hoja Mariana había escrito:

“Servicios que recibes gratuitamente.”

Preparación de alimentos.

Limpieza.

Lavado y planchado.

Traslados escolares.

Cuidado infantil.

Compras.

Organización de citas, uniformes, pagos y tareas.

Debajo había anotado precios aproximados de servicios reales en Guadalajara.

Sergio leyó la lista y soltó una carcajada.

—¿Qué es esto?

En la mesa había desayuno para Emiliano y Mariana.

Nada para él.

—Mi contribución vale cero —respondió ella—. Así que desde hoy atiendo mis necesidades y las de nuestro hijo.

—¿Y mi desayuno?

—Puedes prepararlo. Eres un adulto.

Sergio hizo un sándwich y se fue convencido de que ella abandonaría aquella “payasada” esa misma noche.

No ocurrió.

Mariana cocinó para ella y Emiliano.

Lavó sus platos.

Planchó el uniforme escolar.

Limpió la recámara del niño y la suya.

Pero las camisas de Sergio siguieron arrugadas.

Sus zapatos dejaron marcas en la entrada.

Sus platos comenzaron a acumularse.

Al tercer día perdió la paciencia.

—Ya estuvo bueno, Mariana.

—¿Por qué?

—Porque esto también es tu casa.

—Exactamente. Limpio lo que usamos Emiliano y yo. La parte que tú ensucias puedes limpiarla tú.

—Yo pago la despensa.

—La despensa no es mi sueldo. Tú también comes de ella.

Al cuarto día Sergio compró platos desechables.

Al quinto intentó lavar ropa.

Metió su suéter favorito en un ciclo normal con agua caliente.

Cuando lo sacó, parecía ropa para un adolescente.

Sergio se quedó mirándolo en silencio.

Aquella noche puso sobre la mesa la hoja que Mariana había pegado en el refrigerador.

—Llamé a 2 lugares de limpieza —admitió—. También pregunté cuánto cobra alguien por cocinar varias veces por semana.

Mariana no dijo nada.

—Sí cuesta bastante.

—Eso hago yo todos los días.

Él respiró profundo.

—Podemos arreglarlo.

—Mañana primero voy al dentista.

Sergio levantó la mirada.

—¿Con qué dinero?

Mariana desbloqueó su celular.

Había una transferencia de 5,000 pesos.

Remitente: Laura Hernández.

—Laura me prestó para atenderme.

—Te dije que después de la quincena…

—Llevo casi 2 meses escuchando eso.

—Le voy a devolver el dinero.

Mariana lo miró fijamente.

—No fue Laura quien decidió mandármelo.

—¿Entonces?

—Diego se enteró de que tenía dolor y le dijo: “Transfiérele. Después vemos cómo nos paga”.

El rostro de Sergio cambió.

No estaba enojado.

Estaba humillado.

—¿Otro hombre pagó el dentista de mi esposa?

Mariana negó lentamente.

—No. Un amigo vio que yo tenía dolor y decidió ayudarme con algo que mi propio esposo llevaba meses considerando menos importante que su coche, su celular y su gimnasio.

Sergio abrió la boca, pero no encontró nada que decir.

Mariana acercó otra hoja a la mesa.

Esta vez no contenía precios mensuales.

Contenía una cifra acumulada durante 5 años.

Y cuando Sergio vio el número escrito al final, dejó de hablar por completo.