ntht/ Mi esposo se burló de mí cuando le pedí dinero para curarme un diente que llevaba 2 meses doliéndome: “Vives en mi departamento y comes con mi dinero, ¿y todavía quieres que te pague?”. No discutí; dejé de cocinarle, lavar su ropa y recoger lo que ensuciaba.Pasaron 5 días y terminó comiendo en platos desechables, usando ropa arrugada y descubriendo cuánto cobraban otros por las tareas que yo hacía gratis.

PARTE 1

—¿Ahora me vas a cobrar por vivir en mi departamento y comer de lo que yo pago? —preguntó Sergio con una sonrisa burlona.

Mariana no respondió de inmediato. Solo lo miró y guardó aquella frase en un lugar del que sabía que no iba a salir fácilmente.

Cinco días antes, a las 6:20 de la mañana, ella ya estaba de pie frente a la tabla de planchar. Tres camisas de Sergio colgaban listas. La cuarta seguía bajo la plancha mientras desde la recámara de Emiliano, su hijo de 9 años, sonaba la alarma.

Había que preparar el desayuno, revisar la mochila, encontrar una cartulina que el niño había olvidado mencionar la noche anterior y llevarlo a la escuela antes de las 7:45.

Sergio apareció recién bañado, con una camisa impecable y el celular en la mano.

—Necesito ir al dentista —dijo Mariana mientras le servía huevos con frijoles—. Se me cayó una resina hace casi 2 meses. Ya me duele hasta tomar agua fría.

—¿Cuánto?

—Como 4,800 pesos. Si sigo esperando, puede necesitar corona y saldrá mucho más caro.

Sergio frunció el ceño.

—Después de la quincena.

Mariana apretó los labios.

“Después” llevaba meses.

Primero habían sido 14,000 pesos del servicio del coche de Sergio. Después un teléfono nuevo de más de 20,000. Luego una membresía anual en un gimnasio al que él insistía que “necesitaba ir por estrés”.

Pero para el dolor de Mariana nunca era buen momento.

Ese sábado cenaron en casa de Laura y Diego, unos amigos que vivían en Zapopan.

Mientras Laura terminaba de servir, Sergio miró alrededor.

—Mira nada más, Mariana. Casa ordenada, cena hecha y Laura todavía tiene tiempo de arreglarse. Deberías aprenderle algo.

Mariana sintió que se le calentaba la cara.

En la cocina, Laura la miró con preocupación.

—¿Siempre te habla así?

—Ya me acostumbré.

—Pues no deberías.

Entonces Laura le contó algo que Mariana jamás habría imaginado.

Diego le depositaba 14,000 pesos mensuales en una cuenta personal, aparte de despensa, colegiaturas y gastos de la casa.

—No es que me “pague por ser su esposa” —explicó Laura—. Él dice que mientras yo me hago cargo de la casa y de los niños, sería absurdo que yo no tuviera dinero propio.

Durante la cena, Diego contó que una vez Laura pasó una semana cuidando a su mamá y él se quedó solo con los niños.

—Al tercer día estaba destruido. Cocinar, limpiar, llevarlos, recogerlos, tareas, ropa… Yo quería volver a la oficina para descansar.

Sergio soltó una carcajada.

—No exageres. Pones la lavadora, aprietas dos botones y ya.

Diego dejó el tenedor.

—Eso pensaba yo hasta que me tocó hacerlo.

De regreso a casa, Mariana decidió hablar.

Pidió tener una cantidad fija cada mes para sus necesidades personales.

Sergio se rio.

—¿Por qué tendría que pagarte?

—Porque llevo la casa, cuido a nuestro hijo, cocino, limpio, organizo todo.

—Eso no es un trabajo. Son tus obligaciones.

—Entonces, ¿mi aportación vale cero?

Sergio se encogió de hombros.

—Financieramente, sí. Cero. Si quieres dinero, ve a trabajar.

Mariana se levantó.

—Perfecto. Acuérdate de esa palabra.

Esa noche no durmió.

A las 2:13 de la madrugada seguía frente a la computadora calculando cuánto costaría reemplazar todo aquello que, según su esposo, valía exactamente cero.

Y cuando Sergio se levantó a la mañana siguiente, encontró pegada en el refrigerador una hoja que iba a convertir su propia casa en un lugar que jamás volvería a reconocer.