PARTE 1
—Si vives en el departamento de mi hijo, mínimo deberías agradecer que su madre venga a comer. No entiendo por qué haces esas caras.
Doña Teresa dijo aquello mientras servía en su plato el último trozo de arrachera que Mariana había comprado para la cena del viernes.
Daniel, su esposo, ni siquiera levantó la vista del celular.
Mariana respiró hondo.
Aquella era la noche número 26 consecutiva en que su suegra aparecía a cenar sin invitación.
Todo había comenzado de manera aparentemente inocente. Primero Teresa llegaba los domingos. Después comenzó a aparecer dos o tres veces por semana. Durante el último mes, simplemente había decidido que la cocina de Mariana era también su restaurante particular.
Y no comía cualquier cosa.
—Mañana compra salmón, pero del bueno.
—Ese queso manchego está muy corriente.
—Hazme milanesas de res, porque el cerdo me cae pesado.
—¿No tienes aguacate? ¿Cómo se te ocurre servir esto sin aguacate?
Mariana trabajaba como coordinadora administrativa en una clínica privada de Guadalajara. Ella pagaba prácticamente todo el súper porque Daniel cubría otros gastos de la casa.
Esa mañana había revisado su aplicación bancaria.
$14,870 pesos en alimentos durante un solo mes.
Casi el doble de lo habitual.
Y sabía perfectamente por qué.
La noche anterior, Teresa incluso había llegado con 2 recipientes vacíos.
—Échame pozole para mañana. Así no cocino.
No se llevó una porción.
Se llevó casi toda la olla.
Aquella noche, mientras Teresa terminaba la arrachera, Mariana finalmente habló.
—Doña Teresa, tenemos que empezar a organizarnos con la comida.
Su suegra dejó lentamente el tenedor.
—¿Me estás contando los bocados?
—Estoy diciendo que el súper se ha disparado.
—¿Y qué? Estoy comiendo en casa de mi hijo.
—Pero muchos de esos alimentos los compro yo.
Teresa soltó una carcajada seca.
—Ay, Mariana. No olvides algo: este departamento era de la familia de Daniel. Tú llegaste con 2 maletas.
Daniel levantó finalmente la mirada.
—Mamá…
—No, hijo. Que lo entienda. Hay mujeres que se casan y rápidamente se sienten dueñas de todo.
Mariana sintió que algo se le rompía por dentro.
No por el dinero.
Por la forma en que Daniel permanecía sentado.
Callado.
Teresa tomó su bolsa.
—Y mañana voy a venir temprano. Haz pescado. Pero compra limones esta vez.
Cuando se marchó, Mariana miró a su esposo.
—Tu mamá se está gastando casi $15,000 pesos al mes de nuestro súper.
Daniel suspiró.
—Mariana, déjalo así. Es comida. ¿De verdad vamos a pelear por eso?
Ella lo observó durante varios segundos.
Luego recogió los platos sin responder.
Daniel creyó que el problema había terminado.
Pero esa misma noche, cuando él se fue a dormir, Mariana abrió su computadora, descargó sus estados de cuenta y comenzó una hoja de cálculo.
Fecha.
Producto.
Precio.
Cantidad.
Y una columna nueva:
“Lo que Teresa se llevó.”
Porque Mariana había decidido que si su esposo necesitaba números para entender lo que estaba ocurriendo, entonces tendría números.
Lo que ninguno de los dos imaginaba era que aquella simple tabla terminaría sacando a la luz algo mucho más grande que una cuenta del supermercado.
