PARTE 1
—Si no sabes quitar una manchita de sarro de una llave, Mariana, entonces no quieres de verdad a mi hijo.
Leticia clavó el dedo en el grifo cromado de la cocina como si acabara de descubrir una prueba de infidelidad. El supuesto sarro era tan pequeño que Mariana tuvo que entrecerrar los ojos para encontrarlo.
No respondió. Siguió cortando pepino para la ensalada mientras su suegra recorría con la mirada el departamento que Mariana y Diego rentaban desde hacía tres años en Guadalajara.
—Además compras queso importado —continuó Leticia—. ¿Así quieren juntar para una casa? Diego necesita una mujer que sepa administrar.
Mariana dejó el cuchillo sobre la tabla.
—El queso lo compré con mi bono. Y si a Diego le hace tanto daño mi manera de administrar, también puedo dejar de pagar la mayor parte de la renta.
Leticia apretó los labios.
Su hijo tenía treinta y dos años, trabajaba como supervisor en una tienda de colchones y llevaba años convencido de que el mundo no reconocía su “verdadero potencial”. Cada mes encontraba una razón distinta para ganar menos: un jefe injusto, clientes ignorantes, horarios opresivos o “un sistema diseñado para apagar la creatividad”.
Por eso Mariana terminaba cubriendo casi todos los gastos.
Aquella tarde también estaba allí Roberto, el padre de Mariana, un hombre enorme de sesenta y siete años que acababa de mudarse definitivamente a Guadalajara después de cuatro décadas trabajando como piloto de pruebas e instructor técnico en el norte del país.
Roberto vivía solo, pagaba sus propias cuentas y nunca pedía nada.
Ese día había ido únicamente a cambiar el filtro de agua.
—Leticia, deja que mi hija cocine tranquila —dijo desde debajo del fregadero.
La mujer no respondió. A Roberto sí le tenía respeto.
Minutos después, mientras él seguía trabajando, su viejo celular vibró sobre una mesita junto a la entrada.
Leticia miró por reflejo.
Y se quedó inmóvil.
En la pantalla apareció una notificación bancaria:
DEPÓSITO: PENSIÓN Y COMPLEMENTO DE RETIRO — $78,400 MXN.
Los ojos de Leticia se abrieron.
Setenta y ocho mil cuatrocientos pesos.
Cada mes.
Su expresión cambió por completo.
—¿Se siente bien? —preguntó Mariana al encontrarla inclinada sobre el teléfono.
—Perfectamente.
Leticia agarró su bolsa.
—Me acordé de algo urgente. Dile a Diego que me marque en cuanto llegue.
Salió casi corriendo.
Dos horas después, Mariana estaba revisando las cuentas del mes cuando escuchó la puerta abrirse de golpe.
Diego entró con una sonrisa enorme.
Detrás de él apareció Leticia.
Diego ni siquiera se quitó los zapatos. Caminó hasta la cocina, sacó un sobre de su chamarra y lo aventó sobre la mesa.
—¡Se acabó! —anunció—. Hoy renuncié. Ya no voy a ser esclavo de nadie.
Mariana lo miró sin entender.
—¿Renunciaste… sin tener otro trabajo?
Leticia dio un paso al frente.
—No exageres. Tu papá recibe casi ochenta mil pesos al mes. ¿Para qué quiere tanto dinero un hombre solo?
Diego sonrió.
—Somos familia, Mariana.
Y entonces su suegra pronunció la frase que hizo que a Mariana se le helara la sangre:
—Si hubiéramos sabido antes cuánto gana tu padre, mi hijo habría podido dejar ese trabajo miserable desde hace meses.
