PARTE 2
Mariana creyó haber escuchado mal.
—¿Perdón?
Leticia se sentó a la mesa como si estuviera encabezando una junta familiar.
—Hay que organizarse. Tu papá ya está jubilado. No tiene hijos pequeños, no tiene esposa y vive solo. Ese dinero le sobra.
Diego asentía.
—Yo necesito unos meses para desarrollar mi proyecto.
Su “proyecto” era un canal de internet sobre urbanismo que tenía catorce seguidores, cinco de ellos familiares.
Pero Leticia ya estaba haciendo cuentas.
—Este departamento está muy lejos de todo. Podrían rentar uno de veinte o veinticinco mil pesos en Providencia. Roberto lo paga. Además, yo llevo años queriendo irme una semana a Puerto Vallarta por mi espalda. Él podría ayudarme también.
Mariana permaneció callada.
La mujer interpretó su silencio como aceptación.
—Y Diego necesita comer mejor. Nada de pollo barato. Carne buena, salmón, vitaminas…
—Mamá tiene razón —intervino Diego—. Tu papá podría haber ofrecido ayuda antes. Soy su yerno. Prácticamente soy como un hijo para él.
Mariana miró al hombre con quien llevaba cinco años casada.
No había vergüenza en su rostro.
Solo entusiasmo.
Entonces entendió todo.
Diego había renunciado porque su madre le había contado lo que vio en el celular.
Había entregado su puesto esa misma tarde convencido de que acababa de encontrar un patrocinador.
Mariana empezó a reírse.
—¿Qué te pasa? —preguntó Diego, ofendido.
Ella respiró hondo.
—Mi papá sí recibe aproximadamente esa cantidad.
Leticia sonrió.
—¿Ves?
—Pero ustedes vieron un número. No preguntaron qué ocurre con ese dinero.
El silencio cambió de temperatura.
Mariana apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Durante cuarenta años mi padre trabajó en aviación. Vio compañeros quedar incapacitados, familias perder ingresos después de accidentes y niños de trabajadores necesitar tratamientos que nadie podía pagar.
Diego comenzó a fruncir el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Todo.
Mariana sacó su celular.
—Desde hace cinco años, cada vez que recibe su pensión y el complemento de su fondo privado, mi papá transfiere el ochenta por ciento a una fundación que ayuda a trabajadores de aviación lesionados y a sus familias.
Leticia dejó de sonreír.
—¿Ochenta por ciento?
—Sí.
Diego palideció.
—No puede ser.
—Puede y es.
—Pues que este mes no lo done —dijo él rápidamente—. Solo mientras me acomodo.
Mariana lo observó en silencio.
Esa frase terminó de destruir algo dentro de ella.
No era únicamente que su esposo hubiera renunciado irresponsablemente.
Era que estaba dispuesto a quitarles ayuda a personas enfermas para no volver a trabajar.
Mariana se levantó.
Fue al dormitorio.
Abrió el clóset.
Y bajó del estante superior una maleta grande.
Cuando regresó, Diego seguía de pie junto a su madre.
—¿Qué haces?
Mariana abrió la maleta sobre el sofá.
—Resolver el único gasto que sí puedo reducir desde hoy.
Y tomó la primera camisa de su esposo.
PARTE 3
—Mariana, deja esa ropa —ordenó Leticia.
Mariana no respondió.
Metió tres camisas, dos pantalones y varios suéteres de Diego en la maleta.
—Te estoy hablando.
—La escuché perfectamente.
Diego reaccionó al fin.
—A ver, espérate. ¿Me estás corriendo?
Mariana cerró un cajón y abrió el siguiente.
—Tu parte de la renta son ocho mil quinientos pesos. Mañana tenemos que pagarla. También debes la mitad de la luz, el internet y los gastos de comida.
Diego tragó saliva.
—Pero ahorita no tengo sueldo.
—Exactamente.
—Por eso estamos hablando de tu papá.
Mariana se volvió hacia él.
—No. Ustedes estaban hablando del dinero de mi papá. Nadie los invitó a disponer de él.
Leticia soltó una carcajada seca.
—Ay, por favor. Somos familia.
—Entonces qué bueno que usted piensa así.
Mariana tomó el neceser de Diego del baño y lo metió en la maleta.
—Porque su hijo va a necesitar mucho apoyo familiar.
La expresión de Leticia cambió.
—¿Cómo que mi hijo?
—Se va con usted.
—¡Ni se te ocurra!
Mariana levantó una ceja.
—Hace diez minutos decía que la familia debía ayudarse.
—¡Pero ustedes están casados!
—Y usted es su madre.
Diego se pasó las manos por el cabello.
—Mariana, estás haciendo un drama por dinero.
Ella se quedó inmóvil.
Aquella frase fue casi cómica.
Durante cinco años había pagado más renta que él.
Había cubierto meses enteros de supermercado cuando Diego no llegaba a sus metas.
