ntht/ Mi esposo no fue al funeral de mi madre, pero al regresar me dijo: “Pídele perdón a mi mamá y prepara la fiesta”. No discutí; acomodé 24 sopas instantáneas, hice una maleta y abrí la fonda que había heredado. Cuando un abogado revisó los papeles ocultos, descubrió que mi firma aparecía en una deuda que podía explicar un atropellamiento.

PARTE 1

—Tu madre ya está bajo tierra, Verónica. Deja de hacerte la mártir y ponte a cocinar; esta noche vienen 24 personas.

Ofelia Cárdenas lo dijo mientras apartaba con el pie la bolsa donde yo llevaba las cenizas, el rosario y la chamarra de mi madre. Habían pasado menos de 2 horas desde que salí del panteón en Puebla, después de despedir sola a Rosa Reyes, la mujer que me había criado, enseñado a cocinar y cuidado a mi hija cada vez que mi esposo decía estar “demasiado ocupado”.

Mauricio no fue al funeral. Según él, tenía una reunión imposible de cancelar. Su madre tampoco. Había prometido ayudar a su hija Lorena a organizar una fiesta de cumpleaños en nuestra casa de Nezahualcóyotl.

Al entrar encontré la sala llena de bolsas, globos y botellas. Mi hija Sofía, de 6 años, dormía en un sillón con el uniforme del día anterior. Nadie la había bañado ni le había preparado cena. En la cocina había platos con grasa, ollas quemadas y una lista pegada al refrigerador: barbacoa, arroz, frijoles charros, pastel, gelatinas y agua fresca para 24 invitados.

—Acabo de enterrar a mi mamá —dije.

Ofelia encogió los hombros.

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—Los muertos no comen. Los vivos sí.