ntht/ Mi esposo me dejó por una mujer más joven y, antes de cerrar la maleta, pasó el dedo por su computadora y me dijo: “Ni para limpiar sirves bien”. No lloré; vendí el departamento que me dejó y decidí invertir el dinero en el pequeño café que siempre había soñado. 3 años después, cuando estaba a punto de cerrar por esa noche, entró un hombre acompañado de otra mujer… levanté la vista y era mi exmarido, preguntando quién era la dueña del lugar.

PARTE 2

Lucía llamó al lugar La Segunda Taza porque decía que la primera pertenecía a la vida que había vivido para alguien más, mientras que la segunda sería únicamente suya.

Durante semanas limpió, pintó y restauró muebles usados. Don Chuy y doña Lupita, un matrimonio de jubilados que vivía encima del local, terminaron ayudándola. Ella llevaba pan dulce; él reparaba aquello que Lucía no sabía arreglar.

La inauguración fue un desastre.

Llegaron Fernanda, don Chuy y doña Lupita.

Nadie más.

Hasta que apareció Valentín.

Era un hombre sin hogar conocido en el barrio, flaco, barbudo y siempre acompañado por algún libro viejo.

Vacío sus monedas sobre la barra.

—Quiero el café más elegante que pueda pagar. Y dibújeme un corazón en la espuma, señorita. Hoy quiero sentirme importante.

Lucía le preparó un capuchino y agregó una rebanada de pastel sin cobrarla.

Valentín volvió al día siguiente.

Y al siguiente.

Se sentaba en una esquina y recitaba poemas de Jaime Sabines con una voz profunda que atraía a estudiantes y curiosos. Sorprendentemente, aquel hombre que Lucía temió que ahuyentara clientes se convirtió en la primera razón por la que la gente recomendaba el café.

Meses después, Lucía le ofreció trabajo y un pequeño espacio donde dormir.

Contrató además a Mateo, un joven obsesionado con el café de Chiapas, Veracruz y Oaxaca.

La Segunda Taza empezó a llenarse.

Lucía creó una página donde relataba, sin revelar identidades, las historias que escuchaba entre aquellas mesas: matrimonios rotos, madres agotadas, viudas que habían pospuesto toda su vida, ancianos que todavía bailaban mientras limpiaban la casa.

Su frase favorita era:

“Hay personas que entran buscando café y terminan encontrando una respuesta.”

Pasaron 3 años.

Lucía abrió un segundo local y dejó de reconocerse en aquella mujer de tubos en el cabello que había suplicado durante años por un poco de aprobación.

También apareció Miguel, un ingeniero que trabajaba haciendo instalaciones y reparaciones. Llegó una noche con una caja de herramientas y un ramo de margaritas.

No intentó salvarla.

Simplemente permaneció a su lado.

Y eso fue precisamente lo que hizo que Lucía empezara a quererlo.

Una noche lluviosa, faltando 15 minutos para cerrar, sonó la campanilla de la entrada.

Lucía estaba revisando la caja cuando escuchó una voz masculina.

—Había oído hablar mucho de este lugar.

La sangre se le heló.

Conocía perfectamente aquella voz.

Levantó la cabeza.

Sergio estaba frente a ella.

Y venía acompañado de otra mujer.