PARTE 1
—Si no eres capaz de traerle unas pantuflas a mi mamá, entonces no sirves como esposa. Y si no te gusta, nos divorciamos.
La sala quedó en silencio.
Hasta unos segundos antes, quince personas brindaban por el nuevo puesto de Diego como director interino de la Facultad de Humanidades de una universidad privada en Puebla. Ahora todos evitaban mirar a Mariana, su esposa desde hacía ocho años.
Ella llevaba todo el día cocinando.
Había preparado pozole, tostadas, ensalada, botanas y hasta el pastel que Teresa, su suegra, había exigido porque, según ella, “un ascenso así no se celebra con comida comprada”.
Lo irónico era que Mariana también trabajaba en la universidad. Tenía doctorado, publicaciones académicas y ocho años dando clases.
Pero esa noche nadie hablaba de sus logros.
—Marianita, tráeme mis pantuflas del cuarto —ordenó Teresa desde el sillón—. Ya se me enfriaron los pies.
Mariana dejó la charola que llevaba.
—No.
Teresa abrió los ojos.
—¿Cómo dijiste?
—Que no. Si quiere sus pantuflas, puede ir por ellas.
Diego se levantó.
—¿Qué te pasa?
Mariana lo miró incrédula.
Durante horas él le había pedido café, hielo, platos, más tequila, cigarros para un compañero y hasta que sirviera las copas mientras él contaba por quinta vez cómo la rectora “había reconocido su talento”.
—Me pasa que soy tu esposa, Diego. No la mesera de tu fiesta.
Teresa soltó una risita.
—Ay, ahora resulta que servirle algo a la familia es humillante.
—No. Lo humillante es que ustedes crean que pueden darme órdenes porque hoy él recibió un cargo.
Diego golpeó la mesa con la palma.
—¡Discúlpate con mi mamá!
—No.
—Te estoy hablando en serio.
—Yo también.
Él la señaló delante de todos.
—Entonces recoge tus cosas. Una mujer que no sabe respetar a mi madre no tiene lugar conmigo. Mañana mismo empezamos el divorcio.
Teresa sonrió.
No intentó detenerlo.
Al contrario.
—Quizá sea lo mejor, hijo. Ahora eres director. Necesitas una mujer que esté a tu altura, no alguien que compita contigo por todo.
Mariana sintió que algo se rompía dentro de ella.
Pero no fue el corazón.
Fue el miedo.
—Está bien —respondió.
Diego parpadeó.
—¿Qué?
—Acepto el divorcio.
Y por primera vez aquella noche, Mariana sonrió.
Una hora después salió del departamento con una maleta pequeña mientras Teresa, desde la cocina, todavía tuvo el descaro de gritarle:
—¿Y quién va a lavar todo esto?
Mariana ni siquiera se volteó.
—La próxima esposa del director.
Cerró la puerta.
Lo que Diego y su madre no podían imaginar era que aquella misma noche acababan de echar de casa a la única persona que había renunciado en secreto al puesto que él estaba celebrando.
Y lo que estaba a punto de ocurrir en la universidad iba a dejar a toda la familia sin palabras.
