PARTE 3
—Explícalo —le dije.
Javier intentó reír.
Fue una de esas risas pequeñas y torpes que salen cuando alguien sabe que ya perdió el control de la situación.
—No hay nada que explicar. Son mensajes sacados de contexto.
—Entonces ponles contexto.
Mauricio cruzó los brazos.
Karla seguía mirando la pantalla.
Yo permanecí sentada.
No iba a gritar.
No iba a cocinar.
Y, sobre todo, no iba a rescatar a Javier de la incomodidad que él mismo había creado.
—A ver —dijo Mauricio—. Yo varias veces te pregunté cuánto poníamos.
—Sí, pero…
—Y siempre dijiste que nada.
—Porque ustedes eran invitados.
—¿Invitados durante seis años? —pregunté.
Nadie respondió.
Desde que habíamos comprado aquella casa, Mauricio y Karla aparecían fácilmente dos o tres veces al mes durante la temporada de calor.
A veces llegaban con otras dos personas.
Hubo domingos en que yo terminaba preparando desayuno, comida y cena para seis adultos.
Nunca lo había sumado realmente porque los gastos se iban perdiendo entre compras pequeñas.
Mil pesos aquí.
Dos mil allá.
Carne.
Cerveza.
Hielo.
Carbón.
Botanas.
Verduras.
Gasolina.
Productos de limpieza.
Luego venía la costumbre de mandarles comida para su casa porque Javier decía que “era feo guardar tan poquito”.
—¿Sabes cuánto gastamos la semana pasada? —pregunté.
Javier bajó la mirada.
—Ya me dijiste.
—Quiero que ellos lo escuchen.
Mauricio pareció incómodo.
—Vale, tampoco queremos problemas por dinero.
—Casi cinco mil pesos.
Karla dejó de sonreír.
—¿Tanto?
—Sí. Y hubo fines de semana más caros.
Abrí una libreta donde había anotado compras de los últimos meses.
No había hecho una auditoría obsesiva. Solo había revisado estados de cuenta y tickets que todavía tenía.
En cuatro meses habíamos gastado más de cuarenta mil pesos en reuniones donde la mayor parte de los invitados siempre eran ellos.
Mauricio se quedó callado.
Karla se sentó.
—Yo no sabía que tú pagabas todo.
—¿Y quién creías que lo pagaba?
No pudo contestar.
Porque tampoco era completamente inocente.
Una cosa era que Javier dijera que no llevaran nada.
Otra era venir durante años sin insistir jamás.
Otra era abrir mi refrigerador al final de cada visita y llevarse hasta el último pedazo de queso.
Mauricio intentó defenderse.
—Pues Javier siempre nos decía que no había problema.
—Claro —respondí—. Porque Javier no cocinaba.
Miré a mi marido.
—Tampoco lavaba los platos. Ni hacía las compras. Ni preparaba las habitaciones cuando ustedes se quedaban. Ni limpiaba al día siguiente.
Javier golpeó ligeramente la mesa con la mano.
—Ya estuvo, Valeria. No tienes por qué humillarme frente a mis amigos.
Aquello me hizo reír.
—¿Humillarte?
Me puse de pie.
—Durante años presumiste hospitalidad con dinero que salía de nuestra cuenta y trabajo que salía de mis manos. Tú recibías las gracias. Tú eras el amigo generoso. Tú quedabas como el gran anfitrión. Y yo estaba detrás lavando platos.
Su cara cambió.
Había tocado exactamente el punto.
Javier adoraba ser el hombre que resolvía.
El amigo que invitaba.
El que decía:
“Caigan cuando quieran.”
“El refri siempre está lleno.”
“No traigan nada.”
Pero aquella generosidad jamás le costaba esfuerzo.
Me costaba a mí.
Karla respiró hondo.
—Vale, de verdad, si hubiera sabido…
La miré.
—Karla, la última vez te llevaste hasta el recipiente de guacamole porque dijiste que al día siguiente te daba flojera cocinar.
Bajó la mirada.
—Sí.
—Una persona que siente pena no hace eso durante seis años.
No hubo respuesta.
Entonces Mauricio sacó su cartera.
—Bueno. ¿Cuánto te debemos?
Negué con la cabeza.
—No quiero cobrarles seis años de comida.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que esto se termine.
Señalé el jardín.
—¿Quieren reunirse aquí? Perfecto. Nos organizamos como adultos. Uno compra carne, otro bebidas, otro lleva guarniciones. Todos ayudan a preparar y todos ayudan a limpiar.
Javier resopló.
—Qué necesidad de volver una amistad una contabilidad.
Lo miré.
—Qué curioso que la gente que nunca paga siempre diga que hablar de dinero arruina las relaciones.
Mauricio soltó una risa involuntaria.
Javier lo fulminó con los ojos.
—No es gracioso.
—Un poquito sí —contestó Mauricio.
Por primera vez aquella tarde, la tensión cambió de dirección.
—Bueno —dijo Karla—. Vamos al supermercado. Nosotros compramos la carne y las bebidas.
Javier inmediatamente quiso intervenir.
—Yo voy.
—No —respondí—. Tú también vas, porque invitaste a todos.
—¿Y tú?
Volví a sentarme con mi tejido.
—Yo hoy vine a descansar.
—No inventes.
—Llevo seis años trabajando mientras ustedes descansan. Creo que me toca un sábado.
Los tres se quedaron mirándome.
Después Mauricio tomó las llaves de su camioneta.
—Vamos.
Se fueron.
Durante casi una hora me quedé sola en la terraza.
Escuché los pájaros.
Sentí el viento.
Preparé café para mí.
Fue una sensación extraña.
Había estado tantas veces en aquella casa que, técnicamente, era también mía, pero casi nunca había disfrutado una tarde ahí.
Siempre estaba pendiente de algo.
¿Falta hielo?
¿Quién quiere otra tortilla?
¿Ya está la salsa?
¿Hay suficientes platos?
¿Dónde pongo las cervezas?
¿Alguien quiere café?
Yo había convertido mis fines de semana en jornadas de trabajo para que otros pudieran presumir de una amistad maravillosa.
Cuando regresaron traían bolsas.
