PARTE 2
Durante toda la semana no discutí con Javier.
Eso lo inquietó más que cualquier grito.
El jueves por la noche apareció en la cocina con una sonrisa demasiado amable.
—¿Vamos el sábado a Cuernavaca?
—Sí.
Se relajó.
—Qué bueno.
—Pero tú compras la comida.
Su sonrisa desapareció.
—¿Todavía sigues con eso?
—Y tú cocinas.
—Valeria, ya supéralo.
No respondí.
Aquella misma noche estaba buscando una foto que Javier me había pedido en su tableta cuando apareció una notificación de un grupo de WhatsApp.
“Los de siempre”.
Vi el nombre de Mauricio.
Luego el de Karla.
Y el mío no estaba.
No pensaba revisar conversaciones ajenas, hasta que leí en la vista previa:
“Entonces el sábado sí caemos. ¿Vale no se va a enojar?”
Abrí el chat.
Y sentí que me ardía la cara.
Durante meses, cada vez que Karla preguntaba qué debía llevar, Javier respondía:
“Nada, mujer. Valeria se encarga de todo.”
En otra ocasión Mauricio había escrito:
“Ponemos para la carne.”
Javier contestó:
“Ni se te ocurra. Si llevo invitados y les cobro, Vale se pone intensa. A ella le gusta atender.”
Me quedé mirando esas palabras.
A mí jamás me habían preguntado.
Yo nunca había dicho que me gustaba atenderlos.
Más abajo encontré algo todavía peor.
Karla había escrito meses antes:
“Vale siempre anda corriendo. Me da pena que haga todo sola.”
Y Javier respondió:
“Déjala. Así es feliz. Además, para eso le encanta organizar.”
De pronto comprendí que Mauricio y Karla eran aprovechados, sí.
Pero Javier llevaba años construyendo una mentira donde yo era una anfitriona encantada de pagar, cocinar y servir.
El sábado llegamos a la casa.
Yo llevaba únicamente mi bolsa, un libro y unas agujas para tejer.
Javier revisó la cocina.
—¿Dónde está la carne?
—No compré.
—¿El carbón?
—Tampoco.
—¿Entonces qué vamos a comer?
—Lo que tú compres y prepares.
A las tres apareció la camioneta de Mauricio.
Él y Karla bajaron.
Vacíos de manos, como siempre.
—¡Llegamos! —gritó Mauricio—. ¿Dónde están esos taquitos?
Yo seguí tejiendo.
—No hay.
Karla soltó una risa nerviosa.
—Ay, Vale, no bromees.
—No estoy bromeando.
Mauricio miró a Javier.
—¿Qué pasó?
Antes de que mi marido contestara, puse su tableta sobre la mesa.
Abierta en el grupo de WhatsApp.
—Eso mismo quiero saber yo —dije—. Porque según Javier, durante todos estos años yo estaba feliz de mantenerlos.
El rostro de mi marido se quedó blanco.
Karla leyó la pantalla.
Y entonces dijo una frase que terminó de cambiarlo todo:
—Javier… tú nos dijiste que Valeria se ofendía si llevábamos comida.
Los tres voltearon hacia él.
Javier abrió la boca.
Pero esta vez ya no tenía dónde esconderse.
Y todavía faltaba descubrir por qué mi marido necesitaba tanto quedar bien con ellos usando mi dinero y mi trabajo.
