PARTE 1
—Tus amigos vienen a comer, a beber y a descansar con nuestro dinero, y todavía esperan que yo los atienda como mesera. Si son tan “familia” como dices, la próxima vez sírvelos tú.
Javier me miró como si yo acabara de insultar a sus padres.
—Ay, Valeria, no exageres. Mauricio y Karla son nuestros mejores amigos.
Todo empezó aquel sábado en nuestra pequeña casa de descanso cerca de Cuernavaca. Habíamos salido temprano desde Ciudad de México para limpiar el jardín, revisar una fuga y aprovechar el buen clima con una carne asada.
O al menos eso creía yo.
Desde las nueve de la mañana barrí la terraza, limpié la mesa, preparé salsa, guacamole, nopales, cebollitas y dejé marinando casi tres kilos de carne que había comprado con el dinero que nos quedaba de la quincena.
Mientras tanto, Javier estaba acostado en una hamaca.
—¿Me ayudas a sacar la mesa grande?
—Ahorita, amor.
Su “ahorita” nunca llegó.
A las dos de la tarde escuché un claxon afuera.
Mauricio y Karla bajaron de su camioneta nueva.
Con las manos vacías.
Otra vez.
—¡Qué rico huele! —gritó Mauricio—. Ya extrañaba las carnes asadas de Vale.
Miré a Javier.
—¿Tú los invitaste?
Él sonrió.
—Sí. ¿Qué tiene? Ya sabes que son como de la familia.
Aquella frase llevaba años sirviendo para justificar lo mismo.
Mauricio podía presumir que había gastado una fortuna en cambiar de camioneta. Karla hablaba de sus vacaciones en Cancún y del nuevo comedor que había comprado para su departamento.
Pero jamás habían llegado con una bolsa de tortillas.
Ni hielo.
Ni refrescos.
Ni siquiera una botella de agua.
Comieron durante horas.
Yo servía.
Ellos platicaban.
Yo levantaba platos.
Ellos pedían otra cerveza.
Cuando por fin se iban, Karla abrió nuestro refrigerador como si fuera suyo.
—Vale, ¿me das los sobrantes? Mañana no quiero cocinar.
Antes de que yo respondiera, Javier dijo:
—Claro, llévate todo. Aquí se va a echar a perder.
Karla guardó la carne, el guacamole, el queso y hasta las últimas tortillas.
Nos dejaron un refrigerador casi vacío y una montaña de platos sucios.
Javier se dejó caer satisfecho en una silla.
—Qué buena tarde. Ya hacía falta descansar así.
Lo miré durante varios segundos.
Luego saqué los recibos.
Carne, verduras, tortillas, bebidas, carbón, botanas, gasolina.
Casi cinco mil pesos.
—Ellos llegaron en una camioneta que cuesta más de un millón y medio —le dije—. ¿Y nosotros tenemos que sacar dinero de los ahorros para alimentarles cada fin de semana?
Javier frunció el ceño.
—No seas tacaña. Son amigos.
Entonces entendí algo mucho peor que el dinero.
Para mi marido, mi tiempo, mi cansancio y mi trabajo eran gratis.
Y todavía no sabía lo que Javier llevaba meses diciéndoles a nuestras espaldas.
Lo que descubrí unos días después hizo que aquella carne asada pareciera el menor de nuestros problemas…
