PARTE 3
Diego estaba sentado junto a una mujer.
Era Adriana, una vecina casada que había empezado a visitarme durante el embarazo fingiendo ser mi amiga.
No necesitaba ninguna explicación.
Ella se levantó sobresaltada.
—Valeria, podemos hablar.
—No.
Miré a Diego.
—Dame las llaves de mi coche y del local.
Él se puso de pie.
—Este restaurante también es mío.
—La empresa puede tener tu nombre en algunos documentos, Diego. El inmueble no. Sigue siendo exclusivamente mío.
Adriana lo miró desconcertada.
—¿El coche tampoco es tuyo?
Casi sentí pena por ella.
—Era de mi madre.
Diego se puso rojo.
Resultó que le había contado que poseía el restaurante, el departamento y hasta el automóvil.
Me entregó las llaves de mala gana.
Esa noche apareció borracho en mi departamento.
Yo ya había preparado una maleta para él.
—Vete.
Diego comenzó a reír.
—¿Tú me estás corriendo?
—Sí.
Miró a Mateo, después a mí.
—¿Y qué vas a hacer sola con un niño que necesita terapias? En dos meses estarás rogándome que regrese.
No respondí.
Eso pareció enfurecerlo todavía más.
—¿Quieres saber la verdad? Nunca me enamoré de ti.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Entonces ¿por qué te casaste conmigo?
—Por lo único interesante que tenías: lo que dejaron tus padres.
Y siguió hablando.
Tal vez porque estaba borracho.
Tal vez porque llevaba demasiado tiempo creyéndose más inteligente que todos.
Contó que Ernesto, su padrastro, nunca había perdonado a mi padre.
Javier y Ernesto habían trabajado juntos cuando eran jóvenes. Mi padre desarrolló después una técnica experimental para prolongar la conservación de ciertos alimentos utilizando extractos naturales marinos y procesos controlados de curado.
Pensaba patentarla.
Ernesto quería vender la idea rápidamente a una empresa.
Mi padre se negó.
Después ocurrió el accidente.
Y la documentación desapareció.
Entonces Diego soltó otra frase:
—¿Te acuerdas de la despensa de tu abuela?
Me quedé inmóvil.
—¿Qué pasa con ella?
—Yo fui quien entró.
Toda mi infancia regresó de golpe.
Los frascos rotos.
Los cajones abiertos.
Mi abuela llorando.
—¿Tú?
—Ernesto me mandó. Buscábamos las muestras y cualquier libreta de tu papá.
Aquella carne que yo había encontrado años atrás no era comida escondida por capricho.
Eran muestras experimentales.
Mi padre las había dejado con mi abuela para observar cómo evolucionaban con el tiempo.
Ernesto sabía que existían.
Y cuando yo hablé de ellas inocentemente en el hospital, comprendió que podían seguir allí.
Diego había entrado mientras mi abuela estaba en la ciudad conmigo.
—Entonces acercarte a mí tampoco fue casualidad.
Diego sonrió.
—Al principio no.
Aquellas cuatro palabras me hicieron más daño que todos sus insultos.
Lo eché.
Al día siguiente tomé a Mateo y regresé con mi abuela.
Rosa escuchó todo en silencio.
Después abrió un viejo cajón y sacó una fotografía de mi padre y Ernesto cuando eran jóvenes.
—Debí contártelo antes —dijo—. Pensé que si escondía el pasado también te protegería de él.
Me explicó que Ernesto estaba obsesionado con aquella fórmula porque algunas empresas de alimentos habían mostrado interés. Pero mi padre quería terminar las pruebas y registrar legalmente la investigación antes de negociar.
—Tu papá decía que una idea sin protección termina perteneciendo al hombre con más dinero.
—¿Y los documentos?
—Nunca los encontré.
Entonces recordé el viejo gabinete metálico que seguía en el área de producción del local.
Tenía una pequeña caja fuerte que Diego había intentado abrir varias veces.
Regresé a Ciudad de México.
El departamento estaba vacío.
Diego se había llevado sus cosas.
Por primera vez en meses sentí paz.
Pero también estaba casi quebrada.
Había créditos atrasados y las terapias de Mateo comenzaban la semana siguiente.
Abrí la alacena.
Solo quedaban papas, cebollas, queso y algunos ingredientes que mi abuela había traído.
Entonces vi el cuaderno de recetas de mi padre.
Preparé unas tortitas de papa rellenas de queso y chile poblano, una receta que él hacía cuando yo era niña.
El olor llenó el departamento.
Mi vecino, Mauricio, tocó la puerta.
Había trabajado años como crítico gastronómico antes de perder su empleo por un conflicto profesional. Probó una tortita.
Luego otra.
Y otra.
—Valeria —dijo finalmente—, tu esposo abrió un restaurante con veinte cocinas distintas y ninguna personalidad. Tú acabas de preparar algo memorable con una papa.
