PARTE 1
—¡¿Cómo pudiste comerte eso?! ¡Esas bolsas no debías tocarlas jamás! —gritó mi abuela Rosa mientras yo me doblaba del dolor sobre la cama.
Tenía trece años y jamás la había visto así.
Después de que mis padres murieron en un accidente cuando yo tenía ocho, ella me llevó a vivir con ella a un pequeño pueblo de Michoacán. Mi padre, Javier, había sido chef y dueño de una pastelería muy conocida en Ciudad de México llamada Dulce Valeria, porque llevaba mi nombre.
De él heredé algo más que sus ojos: podía pasar horas en la cocina sin cansarme.
Aquella noche de verano había bajado a la despensa buscando algo de comer. Detrás de unas botellas encontré varios paquetes al vacío con chorizos, carne curada y tiras de cerdo ahumado. Probé un poco.
Estaba delicioso.
Una semana después terminé en urgencias con fiebre y un dolor insoportable.
—Es apendicitis —sentenció el médico—. La comida no tiene nada que ver.
Pero mi abuela seguía aterrada.
Su reacción me pareció tan extraña que, cuando mi tío segundo Ernesto llegó al hospital acompañado de Diego, su hijastro, terminé contándole lo sucedido.
—¿Carne? —preguntó Ernesto, dejando de sonreír—. ¿Qué clase de carne?
Le expliqué dónde la había encontrado.
Su rostro cambió durante apenas un segundo.
Luego volvió a sonreír.
—Tu abuela siempre ha sido muy especial con sus cosas.
Cuando me dieron de alta, Ernesto nos llevó de regreso al pueblo.
La puerta de la casa estaba abierta.
La despensa había sido destrozada.
Habían tirado frascos, abierto cajas y revisado hasta detrás de las tablas. Curiosamente, no faltaba dinero ni ningún objeto de valor.
Solo habían desaparecido aquellos paquetes de carne.
Mi abuela culpó a un vecino que bebía demasiado y que conocía la casa. Yo quise creerle.
Pero nunca olvidé algo.
Cuando contamos delante de Ernesto que alguien había registrado toda la despensa, él no pareció sorprendido.
Pareció decepcionado.
Cinco años después cumplí dieciocho.
La herencia de mis padres pasó legalmente a mis manos: un departamento en la Ciudad de México, el automóvil de mi madre y el antiguo local de Dulce Valeria, todavía lleno de hornos, batidoras industriales y recuerdos de mi padre.
Me mudé para comenzar la universidad y estudiar tecnología de alimentos.
Mi abuela me despidió con un abrazo larguísimo.
Antes de subir al autobús me tomó del brazo.
—Valeria, puedes vender cualquier cosa si algún día lo necesitas. Pero antes de entregar un papel de tu papá, léelo dos veces.
—Abuela, ¿por qué me dices eso?
Rosa miró hacia otro lado.
—Porque hay gente que espera años para quedarse con algo que nunca le perteneció.
No entendí a quién se refería.
Hasta que, pocas semanas después, me encontré casualmente con Diego en Ciudad de México.
Y cuando le conté que había decidido reabrir el negocio de mi padre, sus ojos brillaron de una manera que entonces confundí con admiración.
No podía imaginar lo que estaba a punto de entrar en mi vida.
