PARTE 1
—Mariana, ese vestido te queda bonito… aunque sí te marca bastante los rollitos. Pero qué envidia tu seguridad, yo jamás tendría valor para salir así.
Lorena levantó su copa y sonrió como si acabara de hacerme un cumplido.
Alrededor de la mesa hubo dos risas incómodas. Mi suegra, Teresa, fingió acomodar los platos. Mi esposo, Arturo, bajó la mirada hacia su mole poblano como si de pronto fuera lo más interesante del mundo.
Yo llevaba dieciocho años casada con él. Ya conocía aquella clase de comentario.
Lorena nunca me llamaba gorda directamente. Era demasiado hábil para eso.
Decía que admiraba “mi valentía para vestirme sin complejos”, que yo tenía “una cara muy bonita para ser llenita” o que era maravilloso que no me importara “lo que pensara la gente”.
Pero aquella noche, durante el cumpleaños sesenta y cinco de Teresa en su casa de Guadalajara, alguien finalmente reaccionó.
—¿Otra vez, tía? —dijo Daniela, mi hija de dieciséis años, desde el otro extremo de la mesa.
El comedor quedó en silencio.
Lorena arqueó las cejas.
—¿Otra vez qué, mi amor? Le estoy diciendo algo bonito a tu mamá.
Daniela abrió la boca para responder, pero le hice una señal.
No quería pelear.
O al menos eso creían todos.
Miré a Arturo.
Seguía callado.
Entonces sonreí.
No una sonrisa avergonzada, como tantas otras veces, sino una sonrisa tranquila que hizo que Lorena dejara de reír por un segundo.
Debajo de la mesa saqué mi celular y escribí un nombre en las notas:
Patricia.
Patricia era la mejor amiga de Lorena y la fotógrafa que había documentado cumpleaños, bodas, bautizos y Navidades de nuestra familia durante casi diez años.
Tres días después la invité a tomar café con el pretexto de preparar un álbum para Teresa.
Abrió su computadora y comenzó a mostrarme fotografías.
—Busca todas donde salgamos varios —le pedí.
En la primera yo estaba en una esquina.
En la segunda, también.
En la tercera, mi brazo aparecía cortado por el borde de la imagen.
Seguimos.
Navidad de 2019.
Aniversario de mis suegros.
Graduación de un sobrino.
Cumpleaños de Arturo.
Diez fotografías.
Diez años distintos.
Siempre ocurría lo mismo.
Lorena aparecía cerca del centro.
Yo, en la orilla.
—Qué coincidencia, ¿no? —pregunté.
Patricia dejó de mover el mouse.
—Mariana…
—¿Por qué siempre me colocabas ahí?
Se mordió el labio.
—Pues… porque visualmente funciona mejor.
—¿Qué significa eso?
Patricia miró alrededor del café antes de responder.
—Lorena decía que en medio debíamos poner a las personas más delgadas. Según ella, la foto se veía más equilibrada.
Sentí que algo se me hundía en el pecho.
—¿Lorena te decía dónde ponerme?
Patricia cerró la computadora.
—No quiero problemas. Ella me recomienda con muchísima gente.
Esa noche confronté a Arturo.
—¿Sabías que tu hermana llevaba años pidiendo que me pusieran en las orillas de las fotos?
Ni siquiera apagó la televisión.
—Mariana, por favor. No hagamos un drama por unas fotos.
Lo miré varios segundos.
Después fui a la cocina y encendí la cafetera.
Por primera vez comprendí que el problema no era solamente Lorena.
El problema era que durante años toda una familia había aprendido a mirar hacia otro lado.
Y todavía no sabía lo peor.
