PARTE 3
—La verdad… sí me pasé.
Paola frunció el ceño.
—¿Ahora vas a ponerte de su lado?
—No es “su lado”, Paola. Es mi esposa.
Después me miró.
Su expresión ya no tenía arrogancia.
—Perdón, Sofi.
Yo no respondí inmediatamente.
—Te prometí una cena para siete y terminé invitando a medio árbol genealógico. Luego le dije a todo mundo que tú ibas a encargarte como si tu tiempo fuera mío.
Respiró hondo.
—Quise quedar bien con todos utilizando tu trabajo.
Esa frase cambió el ambiente.
Porque ya no estaba intentando defenderse.
Lo había entendido.
Se volvió hacia los invitados.
—Bueno, señores. Como yo hice el desastre, yo lo arreglo.
Sacó su cartera.
—Voy a pedir comida.
Mauricio levantó una ceja.
—¿Hay opción sin carne?
—Después de preguntarme diez veces por tu pescado, te prometo que habrá algo sin carne.
Varios se rieron.
Javier llamó a una pizzería cercana y pidió varias pizzas grandes: unas de carnes, otras vegetarianas y una sencilla de quesos. También pidió más refrescos y agua mineral.
Después volteó hacia Paola.
—¿Y el postre?
Ella fingió no entender.
—¿Cuál postre?
—El segundo que prometiste en mi nombre.
—Javier…
—Mi nueva posición de jefe me obliga a delegar responsabilidades.
La sala estalló en risas.
Hasta yo tuve que reírme.
—Qué gracioso —murmuró Paola.
—Muchísimo. Marca a la pastelería.
Después Javier le entregó un sacacorchos a uno de sus primos.
—Mauricio, abre las botellas.
—Yo pensé que era invitado.
—Todos pensábamos muchas cosas hace una hora.
Aquello fue cambiando la noche.
Los familiares que habían llegado esperando ser atendidos comenzaron a levantarse.
Uno llevó platos.
Otro acomodó vasos.
Mi tío político fue por hielo.
La novia de Mauricio ayudó a repartir servilletas.
Paola, de mala gana, terminó ordenando un pastel de chocolate y pagándolo con su tarjeta.
Cuando confirmó el pedido, miró a Javier.
—Me debes una.
Él señaló hacia mí.
—Perfecto. Primero págale tú a Sofía todos los banquetes en los que llegaste con las manos vacías y luego hacemos cuentas.
Paola no respondió.
Por primera vez aquella noche entendió que las bromas habían dejado de favorecerla.
Mientras esperábamos las pizzas, Javier siguió llevando cosas desde la cocina.
Se equivocó de cubiertos.
Tiró una servilleta dentro de una jarra.
Confundió el agua mineral con el refresco.
Y después de unos veinte minutos volvió a acercarse a mí.
—¿De verdad haces esto cada vez que viene mi familia?
—Normalmente también cocino mientras lo hago.
Me miró como si acabara de descubrir una conspiración.
—¿Y cómo comes?
—Casi siempre cuando ustedes ya van por el postre.
Javier se quedó callado.
Yo tampoco añadí nada.
No necesitaba hacerlo.
Durante años él había visto cenas familiares perfectamente montadas.
Pero jamás había visto el trabajo detrás de ellas.
Porque cuando alguien hace bien una tarea repetidamente, llega un momento peligroso en que los demás dejan de verla como un esfuerzo y comienzan a verla como una obligación.
Aquella noche, por primera vez desde que nos casamos, mi comida llegó caliente a mi plato y yo pude sentarme a comerla sin levantarme cada tres minutos.
Mi mamá me tocó la mano debajo de la mesa.
—Ya era hora —susurró.
—Mamá…
—No dije nada.
—Pero lo estabas pensando muy fuerte.
Mi papá intervino:
—Tu madre lleva una hora pensando con volumen alto.
Nos reímos.
Cuando llegaron las pizzas, Javier salió personalmente a recibir al repartidor.
Volvió cargando cajas.
—¡Ahora sí! —anunció—. Alimentación suficiente para el congreso familiar que yo mismo convoqué.
Los invitados aplaudieron.
La tensión finalmente comenzó a bajar.
Doña Elena, sin embargo, no dejó pasar ninguna oportunidad para educar a su hijo.
—Javier, a tu esposa le falta agua.
Él corrió por una botella.
—Javier, faltan servilletas.
Volvió a levantarse.
—Javier, recoge ese plato.
—Sí, mamá.
Cada vez que obedecía, ella asentía satisfecha.
—Paciente respondiendo favorablemente al tratamiento.
Mi papá estaba encantado.
Después llegó el pastel que había pagado Paola.
Ella intentó permanecer sentada.
Javier puso el pastel delante de ella.
—Tu creación.
—Yo no lo hice.
—Pero lo prometiste. Casi igual que yo con todo lo demás.
—No empieces.
—La cocina está por allá.
—¡Javier!
—Paola, los hombres nos desorientamos en territorio femenino. Ayúdame.
Hasta doña Elena soltó una carcajada.
Refunfuñando, Paola se levantó.
Terminó cortando el pastel y repartiendo platos.
A los pocos minutos regresó molesta.
—Ya terminé.
Javier miró hacia la mesa llena de platos sucios.
—Falta recoger.
—Eso ya es demasiado.
Mi suegra intervino:
—¿Viste? Apenas llevas diez minutos y ya te parece demasiado. Imagínate años.
Paola no respondió.
Esa frase fue probablemente la única que consiguió callarla durante toda la noche.
Los invitados comenzaron a marcharse cerca de las once.
Algunos se acercaron a mí antes de irse.
Una tía me dijo:
—Sofía, perdón. La verdad nosotros llegamos porque Javier dijo que tú estabas feliz organizándolo.
