PARTE 1
—Ya les dije a todos que tú vas a encargarte de la comida. No te preocupes, les presumí que mi esposa atiende mejor que cualquier restaurante.
Mi esposo soltó aquella frase con una sonrisa tan orgullosa que, por unos segundos, pensé que estaba bromeando.
No lo estaba.
Javier acababa de recibir un ascenso en la empresa donde trabajaba en Guadalajara. Después de años como supervisor, por fin lo habían nombrado jefe de área y, desde el momento en que recibió la noticia, parecía haber crecido veinte centímetros.
Yo fui la primera en abrazarlo.
—Te lo mereces —le dije.
Para celebrarlo acordamos hacer una cena sencilla el viernes en nuestra casa: mis padres, su mamá, su hermana Paola con su esposo y nosotros. Siete personas.
Prepararía lomo de cerdo al horno con papitas cambray, dos ensaladas, pan, queso y un pay de frutos rojos.
Todo estaba comprado.
Todo estaba organizado.
Hasta que el miércoles me llamó Paola.
—Sofía, qué bueno que Javier decidió hacer algo grande. Ya era hora de festejar como se debe.
Fruncí el ceño.
—¿Algo grande?
—Pues sí. Mi hermano invitó al tío Ernesto, a los primos de Zapopan, a Mauricio con su novia y a otros familiares. Creo que seremos como quince.
Sentí que se me helaban las manos.
Entonces agregó, como si estuviera haciendo un pedido en un restaurante:
—Ah, Mauricio no come cerdo, así que hazle pescado. A mi marido le cae pesado el aderezo, prepárale una ensalada especial. Y estaría bien tener dos postres. Javier dijo que ahora que le subieron el sueldo no tiene sentido andar contando los pesos.
Qué fácil es ser generoso con el dinero y el trabajo de otra persona.
Esa noche enfrenté a Javier.
—¿Invitaste a quince personas sin preguntarme?
Él sonrió.
—No exageres. Son familia. Tú cocinas increíble.
—Yo acepté cocinar para siete.
—Pues haz un poco más.
—¿Y quién va a servir, recoger, lavar y estar pendiente de todos?
Javier se acomodó la camisa como si la respuesta fuera obvia.
—Tú eres buenísima para eso. Yo voy a recibirlos, brindar con ellos y atenderlos como anfitrión.
Lo miré durante unos segundos.
—Voy a preparar exactamente lo que acordamos para siete personas. Nada más.
Él soltó una risita condescendiente.
—Cuando veas a todos aquí, se te va a pasar el coraje. Tú nunca dejas mal a nadie.
Ahí entendí su verdadero plan.
Javier estaba convencido de que usaría mi educación contra mí.
Llegó el viernes.
A las seis comenzaron a tocar el timbre.
No llegaron siete.
Llegaron quince.
Javier los recibía con una camisa blanca nueva, aceptando felicitaciones y anunciando a todo volumen:
—Pásenle, pónganse cómodos. Mi Sofi preparó un banquete. Hoy nadie mueve un dedo; ella se encarga de consentirlos.
Entonces salí de la recámara.
Llevaba un vestido vino, el cabello arreglado y maquillaje.
Pero en mis manos cargaba algo más.
Mi viejo mandil rojo de cocina.
Caminé hasta Javier, sonreí frente a toda su familia y se lo puse alrededor del cuello.
—Tú invitaste. Tú prometiste. Tú ofreciste servicio de primera.
Le até el mandil por la espalda.
—Así que hoy el anfitrión eres tú.
Y me senté tranquilamente entre mis padres.
El silencio fue absoluto.
Javier todavía no sabía que el peor momento de aquella noche ni siquiera había comenzado.
