ntht/ Me exigieron pagar una cena carísima porque, según ellos, negarme demostraba que yo no estaba preparada para formar parte de la familia. Pagué únicamente lo mío y guardé pruebas del documento que habían preparado con mis datos, mientras todos me acusaban de ser egoísta. Entonces mi novio intentó liquidar el resto con su tarjeta delante del administrador… fue rechazada una vez, después otra, y la tercera también, dejando al descubierto por qué estaban tan seguros de que aquella noche yo acabaría pagando por todos.

PARTE 1

—Cuando llegue la cuenta, tú pagas. Así sabremos si de verdad estás lista para formar parte de mi familia.

Mariana creyó que Diego estaba bromeando.

Faltaban menos de 2 horas para que conociera oficialmente a su madre y a su hermano, y él acababa de decirlo con la tranquilidad de quien pide otra servilleta.

Todo había comenzado esa tarde en una pastelería de la colonia Del Valle, en Ciudad de México.

—A mi mamá le encantan los éclairs de pistache —dijo Diego, señalando una caja que costaba casi lo mismo que una semana de despensa—. Y a Emiliano llévale esos de chocolate. Paga tú mientras voy por el coche.

Mariana cerró su bolsa.

—¿Por qué los pagaría yo?

Diego frunció el ceño.

—Porque vas a conocer a mi familia. Es educación, Mariana.

—Si a tu mamá le gustan, cómpraselos tú.

Él soltó una risita incómoda.

—Traigo la tarjeta en el coche.

—Perfecto. Ve por ella.

Durante los 7 meses que llevaban juntos, Mariana había descubierto algo curioso: cada vez que tocaba pagar, a Diego le ocurría una tragedia financiera.

Su aplicación bancaria dejaba de funcionar. Su tarjeta “se bloqueaba”. Olvidaba la cartera. La quincena todavía no caía.

Al principio ella había pagado cafés, boletos de cine y alguna cena sin darle importancia. Trabajaba como diseñadora floral para hoteles y bodas, ganaba su propio dinero y no llevaba una libreta para dividir cada peso.

Pero últimamente las casualidades ya parecían estrategia.

Diego regresó de la calle sin dulces.

—Mejor no. Mi mamá está cuidando el azúcar. Nos vemos directo en el restaurante. Reservé en Mar de Cobre, en Polanco.

Mariana conocía el lugar.

Una cena ahí podía costar fácilmente varios miles de pesos.

Antes de separarse, Diego añadió:

—Y arréglate bien. Mi mamá es muy observadora. Se fija mucho en qué tipo de mujer se acerca a sus hijos.

Esa frase terminó de encenderle una alarma.

A las 7:00 de la noche Mariana llegó con un vestido azul sencillo y elegante. En la mesa ya estaban Diego, su madre Leticia y Emiliano, su hermano de 24 años.

Leticia la examinó de zapatos a cabello.

—Así que tú eres la muchacha que trabaja con florecitas.

—Soy diseñadora floral.

—Bueno, vender flores, diseñarlas… es casi lo mismo.

Mariana sonrió.

Cinco minutos después llegó el mesero con los menús.

Ella pidió una ensalada y té.

Leticia, en cambio, comenzó a ordenar ostiones, camarones gigantes, pescado entero, sopa de mariscos, cortes premium y bebidas especiales.

Emiliano pidió todavía más.

Diego sonreía.

—Hoy sí vamos a celebrar como familia.

Mariana levantó la mirada.

—¿Celebrar qué?

Leticia dejó lentamente el menú sobre la mesa.

—Que por fin vamos a saber si eres la mujer correcta para mi hijo.

Y entonces Diego se inclinó hacia Mariana y susurró:

—No me hagas quedar mal. Esta cena la vas a pagar tú.

Mariana lo miró y comprendió que aquella noche no había ido a conocer a una familia.

Había entrado en una prueba preparada desde antes.

Y todavía no podía imaginar lo que estaban a punto de intentar hacerle.