PARTE 1
—Si nuestra familia va a aceptar a Mariana, al menos tendrá que aprender a comportarse como una mujer de nuestro nivel.
Antonieta Ledesma soltó la frase sin bajar la voz, sentada frente a la mesa de madera de doña Catalina, en una casa sencilla de Atlixco. Llevaba una blusa brillante, un enorme anillo dorado y un perfume intenso. A su lado, su esposo, don Valerio, recorría con la mirada las paredes limpias pero antiguas, como si cada grieta fuera una ofensa personal.
Mariana se quedó inmóvil. Andrés, su prometido, ni siquiera levantó la vista del teléfono.
—Mamá solo quiere decir que, después de la boda, tendrás que acostumbrarte a otra clase de vida —dijo él, deslizando el dedo por la pantalla—. Restaurantes buenos, reuniones con gente importante, viajes… ya sabes.
Doña Catalina sonrió con una calma que no sentía.
La noche anterior, Mariana le había confesado entre lágrimas que el departamento “de lujo” de Andrés estaba hipotecado por veinticinco años, que la camioneta recién salida de agencia había sido comprada con un crédito imposible y que el supuesto empresario trabajaba como supervisor en una tienda de materiales. Casi toda su quincena se iba en ropa de marca, cenas para presumir y pagos atrasados.
