ntht/ La familia de mi prometido exigió comida elegante porque, según ellos, estaban acostumbrados a restaurantes exclusivos y sabores refinados. Mi madre les sirvió una crema que elogiaron como si hubiera sido preparada con queso importado y aceite de trufa, mientras ellos seguían despreciándome. Cuando terminaron hasta la última cucharada, ella mostró la cuenta: solo había gastado 54 pesos… pero debajo del cálculo apareció una copia de mi identificación que alguien había entregado al banco sin mi permiso.

PARTE 1

—Si nuestra familia va a aceptar a Mariana, al menos tendrá que aprender a comportarse como una mujer de nuestro nivel.

Antonieta Ledesma soltó la frase sin bajar la voz, sentada frente a la mesa de madera de doña Catalina, en una casa sencilla de Atlixco. Llevaba una blusa brillante, un enorme anillo dorado y un perfume intenso. A su lado, su esposo, don Valerio, recorría con la mirada las paredes limpias pero antiguas, como si cada grieta fuera una ofensa personal.

Mariana se quedó inmóvil. Andrés, su prometido, ni siquiera levantó la vista del teléfono.

—Mamá solo quiere decir que, después de la boda, tendrás que acostumbrarte a otra clase de vida —dijo él, deslizando el dedo por la pantalla—. Restaurantes buenos, reuniones con gente importante, viajes… ya sabes.

Doña Catalina sonrió con una calma que no sentía.

La noche anterior, Mariana le había confesado entre lágrimas que el departamento “de lujo” de Andrés estaba hipotecado por veinticinco años, que la camioneta recién salida de agencia había sido comprada con un crédito imposible y que el supuesto empresario trabajaba como supervisor en una tienda de materiales. Casi toda su quincena se iba en ropa de marca, cenas para presumir y pagos atrasados.