Eso no era lo peor.
Andrés y sus padres trataban a Mariana como si casarse con él fuera un privilegio que debía pagar con obediencia.
—Espero que haya preparado algo ligero —continuó Antonieta—. Mi hijo está acostumbrado al salmón, a los cortes finos y a la cocina internacional. La comida muy grasosa le cae mal.
—Claro —respondió Catalina, acomodándose el delantal—. Les hice una crema especial, receta de familia. Muy elegante.
Entró a la cocina y cerró la puerta.
Sobre la barra había dos quesos procesados comprados en oferta, tres papas arrugadas, media cebolla, una zanahoria blanda, un cubito de caldo de champiñón y pan duro de hacía dos días.
Catalina miró aquellos ingredientes y sonrió.
—A ver cuánto dura la grandeza con el estómago lleno —murmuró.
Mientras licuaba la sopa, escuchó a Antonieta decir en el comedor:
—Después de la boda también habrá que revisar cómo se viste Mariana. No puede seguir pareciendo muchacha de mercado.
La licuadora se apagó.
Catalina apretó la mandíbula, sirvió la crema en cuatro platos hondos y espolvoreó encima pequeños crutones con ajo.
Cuando entró al comedor, el aroma hizo que Andrés guardara el teléfono.
—Esto —anunció ella— es una crema de queso madurado con hongos de montaña y aceite de trufa.
Antonieta abrió los ojos, impresionada.
Mariana vio a su madre y comprendió que aquella comida no era una bienvenida.
Era una prueba.
Y nadie podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
