PARTE 1
—No quiero que vengas a Monterrey, amor. Voy a estar demasiado ocupada y sólo gastarías dinero en vuelos.
Valeria dijo aquello con una sonrisa dulce, mientras yo doblaba su ropa dentro de una maleta color rosa. Llevábamos 5 años casados y 3 intentando tener un hijo. Yo, Alejandro Salgado, había construido desde cero una distribuidora de materiales en Guadalajara pensando en darle a ella la vida que siempre soñamos.
Por eso me pareció extraño que insistiera tanto en mantenerme lejos durante los 3 meses que duraría su supuesto proyecto.
La noche anterior al viaje, Valeria entró a bañarse y yo busqué un espacio para guardar un pequeño botiquín. Al abrir un compartimento escondido de su bolsa, encontré una caja de anticonceptivos. Faltaban varias pastillas.
Me quedé inmóvil.
Valeria lloraba cada mes cuando llegaba su periodo. Habíamos visitado especialistas, comprado vitaminas, hecho estudios y escuchado a la familia preguntarnos cuándo tendríamos un bebé. Yo siempre la defendía.
Entonces, ¿por qué escondía anticonceptivos?
Escuché apagarse la regadera y guardé la caja exactamente donde estaba. No la confronté. Una acusación sin pruebas sólo le habría dado tiempo para inventar una explicación.
Cuando salió del baño, me abrazó por la espalda.
—Te voy a extrañar muchísimo —susurró—. Todo esto lo hago por nuestro futuro y por los hijos que tendremos.
Sentí que esas palabras me atravesaban el pecho.
A la mañana siguiente la llevé al aeropuerto. Antes de cruzar seguridad, me besó y volvió a pedirme que no viajara a verla.
—Haremos videollamada todos los días. Confía en mí.
La vi alejarse entre la gente con una fragancia nueva, más intensa que la que usaba conmigo. Esa misma tarde fotografié la caja que había encontrado y guardé las fechas de su viaje, sus mensajes y cada detalle que pudiera servir si mi sospecha era cierta.
Durante las primeras semanas, Valeria llamaba puntualmente. Después cambió de hotel a un “departamento de la empresa”. Los fines de semana empezó a desaparecer. Siempre tenía una excusa: juntas, cansancio, mala señal.
Yo sonreía frente a la pantalla, mientras por dentro algo se rompía cada noche.
Noventa días después fui a recogerla. Llegó con vestidos holgados, el rostro luminoso y una ternura exagerada. Una semana más tarde salió del baño llorando, con una prueba de embarazo entre las manos.
—¡Alejandro, por fin vamos a ser papás!
Miré las 2 líneas intensas y calculé las fechas. Ese embarazo no podía haber comenzado después de su regreso.
La abracé como si estuviera feliz, pero en ese instante comprendí que la mentira apenas comenzaba.
No podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir…
