PARTE 2
Valeria aseguró que el bebé había sido concebido la primera noche que volvió a Guadalajara. Yo fingí creerle, aunque una prueba tan marcada, sus retrasos durante el viaje y el cambio de su cuerpo contaban otra historia.
—Tal vez el cambio de ambiente me ayudó —dijo—. Dios quiso premiarnos.
Yo asentí y comencé a protegerme en silencio. Consulté a una abogada familiar, Mariana Ochoa, quien me pidió no actuar por impulso. Debía conservar mensajes, movimientos bancarios y cualquier evidencia obtenida legalmente. También me recomendó hablar con un médico antes de hacer acusaciones.
En la primera consulta prenatal, el ginecólogo estimó una edad gestacional incompatible con la versión de Valeria. Ella se puso nerviosa y culpó a sus ciclos irregulares. Días después, aceptó una prueba prenatal no invasiva de paternidad porque yo la presenté como la única forma de terminar con mis dudas sin poner en riesgo al bebé.
El resultado llegó una semana después.
Probabilidad de paternidad: 0%.
Leí la frase hasta que las letras dejaron de tener sentido. El hijo que Valeria mostraba con orgullo no era mío.
Pero todavía faltaba saber quién era el padre y qué pretendían hacer conmigo.
Contraté a una investigadora privada con licencia. No quería escenas, golpes ni escándalos; quería hechos. Ella revisó vuelos, reservaciones y movimientos permitidos por la ley. Descubrió que Valeria sólo había permanecido 9 días en Monterrey. El resto del tiempo había vivido en un departamento rentado en las afueras de Guadalajara.
Poco después, Valeria me pidió vender la casa que yo había comprado antes de casarnos.
—Quiero que compremos un departamento en Puerta de Hierro y que esté a nombre de los 2 —dijo, acariciándose el vientre—. Es por la seguridad de nuestro hijo.
Acepté con una sonrisa, pero no firmé nada.
La investigadora siguió a Valeria el día de su ultrasonido de las 12 semanas. Yo fingí tener una emergencia en la bodega. Un hombre llegó por ella en una camioneta blanca y entró con ella a una clínica privada. En el estacionamiento, él la besó en la frente y puso la mano sobre su vientre.
Las fotografías llegaron a mi correo esa misma tarde.
Al ampliar una de ellas, reconocí el reloj de edición limitada que yo mismo había regalado el año anterior.
Entonces vi el rostro del hombre.
Y comprendí que la traición no venía de un desconocido, sino de alguien que se sentaba a mi mesa y me llamaba hermano.
