PARTE 3
Miré a Fernanda.
—Ayúdame.
Mi amiga sonrió inmediatamente.
Sacó una pequeña libreta de su bolsa.
—Empecemos por alimentación —dije—. ¿Cuánto gastaste en Alejandro después de los doce años?
Marta abrió la boca.
—Eso no…
—Cero.
Fernanda escribió.
—Educación secundaria.
Cero.
—Preparatoria.
Cero.
—Universidad.
Cero.
—Gastos médicos.
Cero.
—Ropa.
Cero.
—Vivienda.
Cero.
Algunos vecinos comenzaron a murmurar.
El papá de una de mis amigas incluso soltó una carcajada.
Marta se puso roja.
—¡Yo le di la vida!
—Eso ya lo mencionaste varias veces —respondí—. Pero tener un hijo no convierte al hijo en una cuenta de retiro.
El rostro de Marta cambió.
Por un momento dejó de actuar.
Y apareció la verdadera mujer detrás del personaje.
Una mujer furiosa porque su plan se estaba desmoronando.
—Muy valientes porque tienen dinero.
—No —contestó mi papá—. Muy tranquilos porque tenemos pruebas.
Mi padre era contador fiscal y llevaba años trabajando con despachos jurídicos. No era abogado, como Marta había supuesto, pero conocía perfectamente la diferencia entre una amenaza vacía y un problema real.
Sacó su teléfono.
—Ya hablé con seguridad. También podemos llamar a la policía si insiste en pedir dinero a cambio de no perjudicar públicamente a Alejandro.
Edgar desconectó la bocina.
—Marta, yo creo que mejor nos vamos.
Ella volteó furiosa.
—¡Tú cállate!
—No, pues yo vine porque dijiste que era una dinámica familiar.
Varios vecinos rieron.
—¿Dinámica familiar? —preguntó Fernanda—. Trajiste micrófono.
Edgar levantó las manos.
—A mí me pagaron mil quinientos pesos. Yo no sabía nada de millones.
Aquello terminó de destruir la escena.
Marta lo miró como si quisiera asesinarlo con los ojos.
—¡Traidor!
—Pues extorsionador tampoco soy.
Tomó su bocina y comenzó a caminar hacia la salida del conjunto.
Marta quedó sola.
Sin música.
Sin animador.
Sin control del espectáculo.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Se derrumbó.
No de manera teatral.
De verdad.
Se sentó en una jardinera y comenzó a llorar.
—No tengo nada —dijo.
Alejandro bajó la mirada.
Por primera vez desde que había llegado, su expresión cambió.
No vi amor.
Pero sí vi compasión.
Marta aprovechó esa pequeña grieta.
—Debo seis meses de renta. Tengo préstamos. El hombre con el que vivo se fue. Pensé que tú podrías ayudarme.
Alejandro permaneció en silencio.
Yo no dije nada.
Aquella decisión debía tomarla él.
—Si hubieras venido hace seis meses —respondió finalmente— y me hubieras dicho: “Alejandro, sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero estoy en problemas”, quizá habría escuchado.
Marta levantó los ojos.
—Entonces ayúdame ahora.
—No.
La palabra fue firme.
—¿Por qué?
—Porque no viniste a pedirme ayuda.
Señaló los celulares de los vecinos.
—Viniste a humillarme el día de mi boda.
Luego señaló el micrófono que Edgar se llevaba.
—Contrataste a alguien.
Después señaló su teléfono.
—Planeaste amenazar mi reputación.
Alejandro respiró profundamente.
—Eso no es pedir ayuda. Eso es intentar comprar mi vergüenza con tu apellido.
