PARTE 1
—¡Antes de que ese hombre se case, su nueva familia tiene que pagarme tres millones de pesos!
La voz de aquella mujer retumbó por todo el conjunto residencial justo cuando yo terminaba de ponerme el velo.
Me llamo Mariana, tenía treinta y dos años y ese debía ser el día más feliz de mi vida. En menos de una hora iba a casarme con Alejandro, el hombre con quien llevaba cuatro años construyendo una relación tranquila, sin dramas ni secretos aparentes.
Mi mamá estaba acomodándome el vestido cuando escuchamos música de banda saliendo de una bocina barata.
—¿Eso estaba contratado? —preguntó mi papá, asomándose por la ventana.
Negué con la cabeza.
Abajo, frente a la entrada del edificio, una mujer de unos sesenta años, vestida con un traje turquesa demasiado llamativo, discutía con mis damas de honor. A su lado había un hombre con micrófono, sombrero y una carpeta roja, como si estuviera animando una fiesta patronal.
Bajé inmediatamente.
—Se acabó el espectáculo —dije apenas salí—. ¿Quiénes son ustedes?
La mujer me miró de arriba abajo.
—Así que tú eres Mariana… la niña rica que se va a casar con mi hijo.
Sentí que el estómago se me hizo un nudo.
—¿Su hijo?
—Alejandro. Yo soy Marta Elena, su madre.
Casi me reí.
Alejandro me había contado que creció prácticamente solo después de que su madre lo abandonó cuando era adolescente. Nunca hablaba de ella. Para él era un capítulo cerrado.
Marta abrió su bolsa y sacó una copia amarillenta de un acta de nacimiento.
El nombre de Alejandro aparecía ahí.
También el de ella.
—Yo lo cargué nueve meses —gritó para que todos los vecinos escucharan—. Lo alimenté, lo cuidé y gracias a mí ese hombre existe. Ahora tiene negocio, camioneta, casa y hasta una novia de familia acomodada. ¿Y su madre qué? ¿Que se muera de hambre?
Su acompañante levantó el micrófono.
—¡Hoy se realizará el tradicional rescate del novio!
Algunos vecinos empezaron a grabar con sus celulares.
—¿Cuánto quieren? —preguntó mi papá, furioso.
Marta sonrió.
—Tres millones de pesos. Y quiero que me los depositen antes de que entren al Registro Civil.
Me quedé mirándola.
Aquello no era una madre buscando reconciliarse.
Era un chantaje.
Entonces vi aparecer al fondo la camioneta negra de Alejandro.
Bajó vestido de novio, con mi ramo entre las manos.
Sonreía.
Hasta que vio a aquella mujer.
Su rostro cambió por completo.
Marta abrió los brazos.
—¡Hijito! ¡Por fin volvió tu madre!
Alejandro dejó de caminar.
Y lo que respondió frente a todos hizo que hasta mi papá se quedara sin palabras.
No podía creer que aquello apenas fuera el comienzo.
