PARTE 2
A las 11:07 de la mañana, la misma camioneta apareció frente a la casa de Teresa.
Karla bajó sonriendo, con un ramo barato de flores.
—¡Tía Tere! Veníamos por aquí y quisimos saber cómo amaneciste.
Nicolás evitaba mirarla.
Teresa los invitó a sentarse.
—Anoche entraron ladrones.
Karla abrió exageradamente los ojos.
—¡No puede ser!
—Se llevaron conservas, papas, frutas, cebollas…
—Qué gente tan miserable —respondió Karla—. Robarle a una mujer sola.
Teresa la observó fijamente.
—Eso pensé.
Mateo, sentado cerca, frunció el ceño.
—Pero mamá dijo que nosotros…
—¡Mateo!
Karla lo interrumpió tan fuerte que todos quedaron en silencio.
Teresa continuó:
—Lo curioso es que entraron con llave.
Nicolás dejó la taza sobre la mesa.
—¿Con llave?
—Sí. La llave que escondía debajo de una maceta. Solo la familia sabía dónde estaba.
Karla se puso rígida.
Teresa se volvió hacia Nicolás.
—¿Y tu espalda? Debe dolerte después de cargar tantas cajas.
Él palideció.
Karla se levantó.
—Ya basta. Si nos viste, dilo.
—Los vi.
Durante varios segundos nadie habló.
Entonces Karla cambió completamente.
—¿Y qué quieres? ¿Que te pidamos permiso por unas verduras? Somos tu familia.
—Entraron de noche.
—Porque durante el día empiezas con tus sermones.
—Usaste a tus hijos.
—¡No exageres!
Teresa se levantó lentamente.
—Y te llevaste mi carpeta azul.
Por primera vez, Karla perdió la seguridad.
—No sé de qué hablas.
—La vi en tus manos.
Nicolás la miró.
—¿Qué carpeta?
Karla apretó la mandíbula.
—No es asunto tuyo.
Aquella respuesta desconcertó incluso a su marido.
Entonces Josefina apareció desde la casa con su nieta Mariana.
Mariana llevaba el teléfono abierto.
—Doña Teresa, anoche busqué el nombre de Karla en Facebook, como usted me pidió.
Puso el celular sobre la mesa.
Había fotografías de los frascos de Teresa vendidos en un grupo local.
“Conservas artesanales de nuestra huerta familiar”.
Había publicaciones desde hacía casi 1 año.
Karla no robaba para alimentar a sus hijos.
Llevaba meses vendiendo lo que Teresa producía.
Pero Mariana deslizó el dedo hacia otra fotografía.
—Eso no es lo peor.
En la pantalla aparecía un anuncio publicado 3 semanas antes.
“Terreno campestre en oportunidad. Trato directo con propietaria.”
Las fotografías mostraban la casa de Teresa.
Su huerta.
Su patio.
Su propiedad.
Y junto al anuncio aparecía un mensaje:
“Se acepta apartado.”
Teresa sintió un nudo en el pecho.
—¿Vendiste mi casa?
Karla retrocedió.
Antes de que pudiera responder, un automóvil desconocido se estacionó frente al portón.
Un hombre bajó con una carpeta en la mano.
—Buenos días. Busco a Karla Ramírez. Vengo por el terreno que le aparté con 35,000 pesos.
Teresa miró a su sobrina.
Y comprendió que el robo de aquella madrugada solo era el principio.
Lo que ese hombre iba a mostrarles cambiaría para siempre a toda la familia.
PARTE 3
El desconocido se presentó como Arturo Salgado.
Era comerciante de Atlixco y llevaba semanas hablando con Karla.
—Yo pensé que usted sabía —le dijo a Teresa, confundido—. Su sobrina me aseguró que usted quería vender porque ya no podía encargarse del terreno.
Karla reaccionó inmediatamente.
—Arturo, esto es un malentendido. Vámonos afuera y lo hablamos.
—No.
Teresa no levantó la voz.
Sin embargo, algo en su tono hizo que todos permanecieran quietos.
—Aquí se habla.
Arturo abrió la carpeta.
Había capturas de conversaciones, fotografías de la propiedad y un recibo por 35,000 pesos.
Karla le había dicho que Teresa estaba de acuerdo con vender una parte del terreno, pero que por cuestiones de salud aún no había podido acudir a formalizar los documentos.
También había escrito:
“Mi tía ya está grande. Yo me encargo prácticamente de todas sus cosas.”
Teresa sintió una vergüenza que ni siquiera le pertenecía.
Durante años había defendido a Karla.
Cuando Josefina decía que su sobrina solo aparecía cuando necesitaba dinero, Teresa respondía:
—Tiene 2 niños. La vida está difícil.
Cuando Karla le pedía 500 pesos, Teresa enviaba 700.
Cuando necesitaba despensa, Teresa llenaba bolsas con verduras, huevos y conservas.
En Navidad siempre tenía regalos para los niños.
Después de la muerte de su hermana, Teresa había sentido que cuidar de Karla era una manera de seguir cuidando a aquella mujer que había sido su compañera desde la infancia.
Y ahora descubría que para su sobrina ella no era una tía.
Era un inventario.
Una propiedad.
Una futura herencia que se estaba tardando demasiado en llegar.
—¿Recibiste ese dinero? —preguntó Teresa.
Karla cruzó los brazos.
—Sí, pero puedo explicarlo.
Nicolás reaccionó.
—¿35,000 pesos? ¿Dónde están?
—No empieces tú.
—¡Te estoy preguntando dónde están!
—Los usamos.
Arturo dio un paso adelante.
—¿Cómo que los usaron?
Karla miró alrededor buscando una salida.
—Tuvimos gastos.
Nicolás parecía sinceramente desconcertado.
—A mí me dijiste que los 18,000 que pagaste de la camioneta te los había prestado una amiga.
Karla no respondió.
Ese silencio terminó de explicar muchas cosas.
Arturo se pasó una mano por la cara.
—Señora Teresa, yo no quiero problemas. Quiero que me regresen mi dinero.
—Y tiene razón.
Teresa miró a Karla.
—Se lo vas a devolver.
—¿De dónde quieres que saque 35,000 pesos?
Teresa casi sonrió ante la ironía.
—Hace 12 horas parecías convencida de que todo lo mío también era tuyo. Ahora resulta que no tienes nada.
Karla golpeó la mesa con la palma.
—¡Ya basta de hacerte la víctima!
Josefina abrió los ojos.
Nicolás murmuró:
—Karla…
Pero ella llevaba demasiado tiempo justificándose para detenerse.
—Sí, tomamos cosas. Sí, vendí algunas conservas. ¿Y qué? Tú produces muchísimo más de lo que consumes. Se te pudre la fruta. Tienes una casa enorme para ti sola. ¿Qué sentido tiene?
—El sentido es que es mío.
—¡Pero yo soy tu única familia cercana!
—Eso no te convierte en propietaria.
Karla soltó una carcajada amarga.
—Claro. Ahora Josefina es más familia que nosotros porque se sienta contigo a tomar café.
Teresa señaló la huerta.
—Josefina estuvo conmigo cuando tuve que levantar 20 costales de tierra porque ustedes no podían venir.
—Nadie te obligó a sembrar.
—Josefina me llevó al médico cuando me caí.
—Nosotros trabajamos.
—Josefina estuvo aquí cuando pasé 3 noches con fiebre.
