ntht/ Escuché a mi marido reírse con su amante y decir que yo ya no necesitaba vestidos porque estaba “enterrada entre pañales y juguetes”. Me quedé escondida en el probador, fingí no saber nada y durante días preparé mi salida en silencio.

PARTE 3

Rodrigo apretó la mandíbula.

—No seas hipócrita. Nunca te faltó nada.

—Me faltó respeto.

—Ay, por favor.

Fue entonces cuando dijo la frase que Ximena jamás olvidaría.

—A ti lo que te duele es que haya encontrado a una mujer más bonita, más femenina y más interesante que tú. Te descuidaste porque pensaste que, teniendo 3 hijos conmigo, yo ya estaba amarrado.

Ximena sintió una calma extraña.

—No, Rodrigo. Lo que me dolía murió en esa plaza.

Abrió la puerta.

—Puedes irte.

Él tomó las maletas.

—Ya veremos cuánto te dura la dignidad cuando tengas que pagar todo tú sola.

—Ya veremos.

Rodrigo salió dando un portazo.

Ximena cerró la puerta.

Después regresó a la cocina.

Sus hijos seguían desayunando.

Camila miró la caja.

—Mamá, ¿qué es eso?

Ximena observó la máquina para hacer pan durante unos segundos.

—Un regalo que ya no necesitamos.

Aquella misma semana inició el proceso de divorcio y solicitó pensión alimenticia para los niños.

Rodrigo reaccionó como Ximena esperaba.

Primero intentó convencerla.

Luego la culpó.

Después comenzó a llamarla interesada.

—¿No querías independencia? Pues mantente sola.

—Una cosa es mantenerme yo y otra muy distinta mantener yo sola a nuestros 3 hijos.

—Tú quisiste tenerlos.

Ximena se quedó en silencio.

—Rodrigo, tú fuiste quien durante años decía que quería 4.

Él colgó.

Una semana después alguien golpeó la puerta con tanta fuerza que Ximena creyó que había ocurrido una emergencia.

Cuando abrió encontró a su suegra, Lourdes.

La mujer entró sin esperar permiso.

—¿Qué estás haciendo?

—Buenos días para ti también.

—No te hagas la graciosa. Rodrigo me contó todo.

—¿Todo?

Lourdes cerró la puerta.

—Que lo corriste de su casa y ahora quieres quitarle medio sueldo.

Ximena cruzó los brazos.

—Estoy solicitando lo correspondiente para sus hijos.

—¡Son tus hijos también!

—Exactamente. La mitad de la responsabilidad es mía y la otra mitad es de él.

—Tú no trabajas.

—Eso va a cambiar.

Lourdes soltó una carcajada.

—¿Quién va a contratar a una mujer con 3 hijos después de tantos años encerrada en casa?

Ximena mantuvo la calma.

—Ya me contrataron.

Su suegra dejó de sonreír.

—¿Dónde?

—No importa.

Lourdes recuperó el tono agresivo.

—Rodrigo te mantuvo durante años y ahora le pagas así.

—Yo también trabajé durante años.

—Estar en casa no es trabajar.

Ximena miró alrededor.

La ropa limpia, las mochilas preparadas, la comida, los medicamentos infantiles ordenados, los calendarios escolares pegados en el refrigerador.

—Entonces seguro Rodrigo podrá hacerlo fácilmente durante los días que los niños estén con él.

Lourdes se quedó callada.

Ximena continuó:

—Porque también voy a solicitar un régimen de convivencia. Él quiere ser padre, será padre. No solamente una transferencia bancaria.

—No te atrevas a utilizar a los niños para vengarte.

—No me estoy vengando. Estoy pidiendo exactamente lo contrario: que cumpla como padre.

Lourdes levantó un dedo.

—Rodrigo ya habló con alguien en su empresa. Puede pedir que le reduzcan el sueldo registrado. Si haces esto por dinero, vas a terminar recibiendo una miseria.

Aquello sí sorprendió a Ximena.

No por miedo.

Porque confirmó hasta dónde estaban dispuestos a llegar.

—¿Me estás diciendo que piensa ocultar ingresos para no mantener a sus hijos?

Lourdes comprendió tarde lo que acababa de admitir.

—Yo no dije eso.

—Lo acabas de decir.

—No tienes pruebas.

Ximena abrió la puerta.

—Sal de mi casa.

—Cuando no puedas mantenerlos, vas a regresar rogándole.

—Sal.

—Malagradecida.

—Si no sales, llamo a la policía.

Lourdes se marchó insultándola desde el pasillo.

Cuando la puerta se cerró, a Ximena le temblaban las piernas.

No era invencible.

Tenía miedo.

Muchísimo.

El sueldo nuevo apenas alcanzaría para renta, comida, transporte y gastos básicos si el divorcio se complicaba. Además, todavía necesitaba resolver quién cuidaría a los niños mientras trabajaba.

Pero ya no estaba sola.

Doña Teresa cumplió su palabra.

Durante las primeras semanas recogía a los niños, cocinaba cuando Ximena llegaba tarde y se quedaba con ellos cuando alguno enfermaba.

Ximena comenzó trabajando desde casa 3 días a la semana y asistiendo a la oficina los otros 2.

Al principio fue agotador.

Había noches en las que terminaba un reporte a las 11 mientras doblaba uniformes.

Hubo mañanas en las que Emiliano lloraba porque no quería ir al preescolar y Ximena llegaba a una videollamada con el cabello todavía húmedo.

Más de una vez se encerró en el baño para llorar 5 minutos.

Pero cada quincena, cuando veía su salario depositado en su propia cuenta, sentía algo que no experimentaba desde hacía años.

No era solamente dinero.

Era elección.

Podía comprarle unos zapatos a Camila sin pedirlos.

Podía llevar a Mateo al dentista sin esperar la tarjeta de Rodrigo.

Incluso pudo comprarse una blusa sin sentir que estaba gastando algo que pertenecía a otra persona.

Mientras tanto, el divorcio avanzaba.

Rodrigo comenzó a tener problemas.

La primera audiencia fue reveladora.

Cuando su abogado sugirió que Ximena había elegido voluntariamente no trabajar, ella llevó correos electrónicos antiguos, mensajes y conversaciones donde Rodrigo le pedía dejar su empleo después del nacimiento de Mateo.

Uno decía:

“Yo puedo mantenernos. Quiero que nuestros hijos crezcan con su mamá.”

Otro:

“No quiero que trabajes mientras sean pequeños. Yo me encargo.”

El abogado de Rodrigo dejó de insistir.

Además, los estados de cuenta demostraban gastos frecuentes en restaurantes, hoteles y tiendas de lujo durante los meses en los que Rodrigo aseguraba estar trabajando horas extras.

Parte de aquel dinero había salido de cuentas utilizadas para gastos familiares.

Ximena no necesitó gritar.

Los números hablaron por ella.

Rodrigo tuvo que aceptar una pensión calculada sobre sus ingresos reales.

También quedó establecido un régimen de convivencia con los niños.

Ahí comenzó otro problema.

Rodrigo descubrió rápidamente que ser padre no consistía en aparecer con juguetes.

El primer fin de semana llamó a Ximena 6 veces.

—¿A qué hora duerme Emiliano?

—Está escrito en la hoja que te di.

Una hora después:

—Camila dice que no come jitomate.

—Desde los 3 años.

Más tarde:

—Mateo tiene tarea.

—Sí.

—¿Y qué hago?

Ximena cerró los ojos.

—Ayudarlo.

Rodrigo guardó silencio.

Por primera vez estaba viviendo una pequeña parte de aquello que durante años había llamado “estar en casa con todo resuelto”.

Después de 2 meses dejó de quejarse.

No pidió perdón.

Pero comenzó a llegar puntual por los niños.

Aprendió qué medicamento necesitaba Emiliano para sus alergias y qué días Camila tenía clase de danza.