ntht/ Escuché a mi marido reírse con su amante y decir que yo ya no necesitaba vestidos porque estaba “enterrada entre pañales y juguetes”. Me quedé escondida en el probador, fingí no saber nada y durante días preparé mi salida en silencio.

PARTE 2

Al día siguiente, Ximena abrió su vieja computadora y comenzó a redactar un currículum.

Antes de casarse había estudiado administración y trabajado 4 años en una empresa de logística. Lo había dejado cuando nació Mateo porque Rodrigo insistió en que no tenía sentido pagar guarderías si podían vivir cómodamente con su sueldo.

Durante años aquello le pareció una decisión de pareja.

Después de escucharlo en el probador entendió que Rodrigo lo veía de otra forma: para él, mantener la casa significaba tener derecho a decidir cuánto valía ella.

Ximena envió solicitudes a decenas de empresas.

No dijo nada.

Continuó preparando desayunos, lavando ropa y sonriendo delante de sus hijos.

Una semana después recibió una llamada.

—¿La señora Ximena Hernández? Vimos su perfil y queremos entrevistarla.

Cuando escuchó el nombre de la compañía casi soltó el teléfono.

Era la misma empresa donde trabajaba Rodrigo.

Pensó en rechazar la entrevista.

Finalmente decidió ir.

Su mamá se quedó con los niños y Ximena llegó vestida con un pantalón negro, blusa blanca y los únicos tacones que todavía conservaba.

La entrevista duró casi 2 horas.

El director del área, Fernando Salgado, revisó su experiencia.

—Tiene varios años fuera del mercado laboral.

Ximena asintió.

—Crié a 3 hijos. Pero nunca dejé de organizar presupuestos, calendarios, pagos, compras ni resolver problemas.

Fernando sonrió.

—Eso también es administración.

Le ofrecieron una posición híbrida con horario flexible.

El sueldo inicial no era extraordinario, pero era suficiente para empezar.

Ximena salió del edificio temblando.

Por primera vez en años tendría dinero ganado por ella.

Esa tarde se lo contó a su mamá.

—Mamá, Rodrigo me engaña.

Doña Teresa palideció.

Pero Ximena sonreía.

—¿Y por qué lo dices así?

—Porque ya sé qué voy a hacer.

Le contó todo.

Teresa la abrazó.

—No te voy a decir que perdones a alguien que ya dejó de respetarte. Yo te ayudo con los niños.

El 7 de marzo, Rodrigo volvió después de la 1 de la mañana.

—Amor, estuvimos trabajando hasta tardísimo…

—Duérmete, Rodrigo.

Nada más.

Él la miró extrañado.

A la mañana siguiente apareció en la cocina cargando una caja enorme.

—Feliz Día de la Mujer, mi vida.

Ximena vio el dibujo del producto.

Una máquina para hacer pan.

Exactamente lo que había escuchado en aquella plaza.

Rodrigo sonrió orgulloso.

—Para que se te haga más fácil la casa.

Intentó besarla.

Ximena se apartó.

—Yo también tengo un regalo para ti.

Rodrigo la siguió hasta la entrada.

Allí había 2 maletas.

—¿Nos vamos de viaje?

—No.

Ximena respiró profundamente.

—Tú te vas.

Rodrigo dejó de sonreír.

—¿Qué estás diciendo?

—Que quiero el divorcio.

—¿Por qué?

Ella lo miró a los ojos.

—Por el probador de Plaza Satélite.

El rostro de Rodrigo perdió el color.

Y entonces, en lugar de pedir perdón, dijo algo que terminó de destruir cualquier posibilidad de reconciliación.

PARTE 3

Rodrigo permaneció varios segundos frente a las maletas sin decir nada.

Después dejó la caja de la máquina para hacer pan en el piso.

—¿Me estabas siguiendo?

Ximena casi se rio.

No por diversión.

Por incredulidad.

De todas las cosas que podía decir, aquella era la primera preocupación de su marido.

—No te estaba siguiendo. Yo también estaba comprando ropa.

—¿Y escuchaste todo?

—Lo suficiente.

Rodrigo se pasó una mano por el cabello.

—Xime, no hagamos un drama por algo que podemos hablar.

—¿Un drama?

—Sí. No sabes cómo son las cosas.

—Te vi besarla.

Rodrigo bajó la voz.

—Fue un error.

—¿También fue un error decir que vivo de tu dinero? ¿Que no necesito ropa porque estoy metida con los niños? ¿Que debería darte las gracias por lo que me depositas?

El gesto de Rodrigo cambió.

La vergüenza desapareció.

En su lugar apareció irritación.

—Bueno, ¿y qué quieres que diga? Es la verdad.

Ximena sintió que incluso después de todo todavía quedaba dentro de ella una mínima esperanza de escucharlo arrepentirse.

Aquella frase la mató.

—Perfecto.

Señaló las maletas.

—Entonces vete.

Rodrigo soltó una risa seca.

—Claro. Ahora resulta que tú me corres de mi propia casa.

—La casa está a nombre de los 2.

—¿Y con qué vas a pagar tu parte? ¿Con los pañales?

Ximena lo miró sin responder.

Rodrigo continuó:

—Te molesta porque la otra mujer se arregla, se cuida, sale, tiene vida. Tú hace años que dejaste de hacerlo.

—He criado a tus hijos.

—Son nuestros hijos.

—Exacto.

Ximena dio un paso hacia él.

—Y mientras yo cuidaba a nuestros hijos para que tú pudieras trabajar hasta la hora que quisieras, tú utilizabas ese mismo trabajo para recordarme que el dinero era únicamente tuyo.