PARTE 4
Ximena no sabía si aquello era madurez o resignación.
Tampoco le importaba demasiado.
Su prioridad ya no era transformar a Rodrigo.
Era reconstruirse ella.
Tres meses después, cada uno de los niños consiguió lugar en una escuela con horario extendido cerca de la casa.
Ximena pudo aceptar una jornada completa.
Fernando, su jefe, comenzó a confiarle cuentas más importantes.
Una mañana la llamó a su oficina.
—Quiero ofrecerte la coordinación de un equipo pequeño.
Ximena pensó que había escuchado mal.
—¿A mí?
—A ti.
—Llevo pocos meses.
—Y en pocos meses organizaste un proyecto que llevaba casi un año atorado.
Ximena salió de la oficina con ganas de llamar a alguien.
Por instinto buscó el nombre de Rodrigo en el teléfono.
Se quedó mirando la pantalla.
Durante años, cada logro, problema o noticia había terminado primero en él.
Después recordó el probador.
No con dolor.
Ya no.
Con claridad.
Llamó a su mamá.
—Me ascendieron.
Teresa gritó tan fuerte que Ximena tuvo que separar el teléfono del oído.
Aquella tarde celebraron con tacos al pastor, pastel de chocolate y refresco.
Nada elegante.
Nada perfecto.
Pero Ximena no recordaba haberse sentido tan orgullosa de sí misma.
Un mes después estaba revisando unas facturas en su nuevo escritorio cuando escuchó detrás de ella una voz conocida.
—Hola.
Ximena levantó la mirada.
Era Rodrigo.
Trabajaban en edificios distintos dentro del mismo corporativo, así que hasta ese momento apenas se habían cruzado.
Él parecía diferente.
Más delgado.
Cansado.
Ya no usaba las camisas impecables que acostumbraba.
—Hola —respondió Ximena.
—¿Podemos hablar?
—Estoy trabajando.
—Cinco minutos.
Ella miró el reloj.
—Habla.
Rodrigo señaló la cafetería.
—Aquí no.
Ximena cerró la computadora.
—Cinco minutos.
Bajaron.
Rodrigo pidió café.
Ximena agua.
Durante varios segundos él no dijo nada.
—Laura me dejó.
Ximena tardó un momento en recordar que Laura era la mujer rubia.
—Lo siento.
Rodrigo sonrió con amargura.
—No lo sientes.
—No especialmente.
—Se fue cuando supo cuánto iba a pagar de pensión.
Ximena bebió agua.
—Eso es entre ustedes.
—Decía que yo le había hecho creer que tenía otra situación económica.
—También es entre ustedes.
Rodrigo la observó.
—Estás diferente.
—Sí.
—Te ves bien.
Ximena sostuvo su mirada.
—Siempre fui yo, Rodrigo.
Él bajó los ojos.
—Ya sé.
Por primera vez desde que todo empezó, Ximena escuchó algo parecido a vergüenza en su voz.
—Mi mamá me contó que ya estás trabajando tiempo completo.
—Sí.
—Y que te ascendieron.
—Sí.
—Yo pensé que no ibas a poder.
Ximena sonrió.
—Lo sé.
Rodrigo apretó el vaso entre sus manos.
—También pensé muchas cosas que ahora veo diferentes.
Ella no respondió.
—Cuando los niños se quedan conmigo… termino destruido.
Ximena casi sonrió.
—Son 2 días.
—Ya sé.
—Yo lo hice todos los días durante años.
—Ya sé.
Aquellas 2 palabras parecían pesarle.
—No entendía todo lo que hacías.
—No querías entenderlo.
Rodrigo levantó la mirada.
—Quizá.
—No, Rodrigo. No fue falta de información. Estabas ahí. Veías las noches sin dormir, las enfermedades, las tareas, la casa. Simplemente decidiste que como nadie me pagaba un salario, no valía.
Él no discutió.
—Tienes razón.
Ximena no sintió triunfo.
Durante meses había imaginado aquel momento. Pensó que escucharlo reconocerlo le daría satisfacción.
No ocurrió.
Solamente sintió paz.
Rodrigo respiró profundamente.
—¿Hay alguna posibilidad de que… algún día…?
Ximena lo interrumpió.
—No.
—Ni siquiera terminé.
—No necesitas hacerlo.
—Podríamos intentar…
—No, Rodrigo.
—Por los niños.
Ximena negó con la cabeza.
—Precisamente por los niños, no.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo?
—No quiero que Mateo crezca pensando que una mujer debe soportar humillaciones para conservar una familia. No quiero que Camila crea que cuidar una casa significa no tener valor. Y no quiero que Emiliano aprenda que ganar dinero le da derecho a despreciar a quien cuida de él.
Rodrigo permaneció callado.
—Quiero que nuestros hijos tengan un papá y una mamá que los quieran. Pero no necesitamos estar casados para eso.
—Yo todavía te quiero.
Ximena sintió tristeza.
No amor.
Tristeza por la familia que alguna vez creyó tener.
—Tal vez debiste acordarte de eso antes de besar a otra mujer mientras te burlabas de mí detrás de una pared.
Rodrigo bajó la mirada.
—Lo sé.
Ximena se levantó.
—Tengo que volver.
—Xime.
Ella se detuvo.
—Perdón.
Esta vez sí parecía sincero.
Ximena asintió.
—Ojalá algún día puedas perdonarte. Pero yo ya no necesito hacerlo para seguir adelante.
Regresó a su oficina.
Al llegar a su escritorio encontró un mensaje de Teresa.
Una fotografía mostraba a Camila sosteniendo orgullosa un dibujo.
Debajo, su mamá había escrito:
“Dice que eres tú trabajando.”
Ximena amplió la imagen.
En el dibujo había una mujer frente a una computadora, 3 niños y un corazón enorme encima de todos.
Ximena sonrió.
Durante años creyó que quedarse en casa para criar a sus hijos la convertía en una mujer dependiente.
Rodrigo consiguió hacerla sentir aún peor: como si su trabajo, al no tener sueldo, tampoco tuviera valor.
Pero había aprendido algo.
Una persona puede dedicarse a su familia sin perder dignidad.
Puede necesitar ayuda sin convertirse en una carga.
Y, sobre todo, ningún sueldo da derecho a humillar a quien sostiene contigo una casa.
Meses después, el divorcio quedó formalmente concluido.
Rodrigo continuó viendo a los niños.
Ximena continuó trabajando.
No todo se volvió perfecto.
Había cuentas, cansancio, enfermedades y días complicados.
Pero una noche, después de acostar a los niños, Ximena preparó una taza de té y se sentó en la misma cocina donde meses atrás había esperado a Rodrigo hasta después de medianoche.
La casa estaba en silencio.
Sobre la mesa había documentos del trabajo, una mochila escolar abierta y un calcetín infantil perdido.
Nada parecía extraordinario.
Sin embargo, Ximena se sintió completamente diferente.
Ya no esperaba que alguien llegara.
Ya no tenía que fingir que no veía.
Ya no debía agradecer que le permitieran existir dentro de su propia familia.
Tomó su taza y miró alrededor.
Aquella vida seguía siendo difícil.
Pero ahora era suya.
Y entendió que perder a un hombre que había dejado de respetarla no había destruido a su familia.
Lo que realmente habría destruido a sus hijos habría sido enseñarles que el amor significa quedarse donde te hacen sentir que no vales nada.
