ntht/ Encontré pruebas de que mi esposo había vendido las joyas de sus propios padres y hasta un recuerdo que pertenecía a nuestro hijo, pero él todavía gritó: “¡Tú eres mi esposa, deberías estar de mi lado!”. Yo empecé a sacar su ropa del armario y decidí terminar el matrimonio esa misma noche… hasta que pregunté quién le había presentado al hombre al que llevaba años pagando, y él señaló directamente a su propio padre.

PARTE 3

—¿También usaste mi tarjeta? —preguntó.

Diego negó inmediatamente.

—No.

—Hubo un intento de vincularla con otro número.

—Yo no fui.

—Mírame.

Diego la miró.

—No fui.

Mariana abrió el cuaderno en la última página.

—Entonces dime qué es esta cuenta.

Diego se quedó inmóvil.

La contraseña funcionaba.

Mariana había entrado esa mañana.

No era una cuenta bancaria.

Era un perfil de una plataforma de compraventa.

Había decenas de conversaciones.

Fotografías.

Precios.

Direcciones para entregar objetos.

El reloj de Ernesto.

El broche de Rosa.

La cadena de Mariana.

Una pequeña cuchara de plata que Rosa había regalado durante el bautizo de Mateo.

Incluso una cámara antigua que Ernesto llevaba años buscando.

Diego cerró los ojos.

Ya no podía seguir negándolo.

—Yo lo hice.

Rosa se sentó otra vez.

—¿También la cucharita de Mateo?

Diego no contestó.

Su madre insistió:

—Era un regalo para tu hijo.

—Necesitaba el dinero.

—Siempre necesitas algo —dijo Ernesto.

La frase cayó como una piedra.

Diego levantó la cabeza.

—¿Y ahora resulta que tú eres el ejemplo? Tú empezaste esto.

Ernesto no reaccionó.

—Sí.

La respuesta sorprendió a todos.

—Yo empecé una parte —continuó—. Pensé que estaba protegiéndote. Te enseñé que si te metías en problemas, alguien podía arreglarlos por ti. Fue un error mío.

Diego soltó una risa amarga.

—Qué fácil decirlo ahora.

—No es fácil.

Ernesto señaló el cuaderno.

—Pero yo no vendí las cosas de tu esposa. No le mentí a tu madre diciéndole que su broche estaba guardado. No culpé a otras personas cuando desaparecían objetos.

Diego apretó los puños.

Rosa recordó entonces otra historia.

—La cucharita…

Miró a su hijo.

—Tú dijiste que tu compadre se la había llevado por equivocación.

Diego permaneció callado.

—Yo le marqué —continuó ella—. Le pregunté cuándo podía devolverla. El pobre hombre no entendía nada.

Rosa se cubrió la cara.

—Hiciste que yo acusara a otra persona para cubrirte.

—Mamá…

—No me digas mamá como si eso borrara lo que hiciste.

Desde el pasillo llegó un pequeño ruido.

Todos se quedaron quietos.

Mateo se había movido en la cama.

Mariana fue hasta su habitación, abrió apenas la puerta y comprobó que seguía dormido.

Cuando regresó, Diego intentó utilizarlo.

—¿Y Mateo? ¿Pensaste en él antes de llamar a mis papás y hacer todo esto?

Mariana se quedó mirándolo, incrédula.

—Pienso en Mateo todos los días.

—Pues soy su padre.

—Exactamente.

Se acercó a la mesa.

—Y por eso no quiero que crezca pensando que en una familia amar significa mentir para proteger a alguien de sus propios actos.

Diego se levantó.

—Estás exagerando.

—Vendiste cosas de tus padres.

—Estaba desesperado.

—Vendiste cosas mías.

—Las iba a recuperar.

—Intentaste usar mi tarjeta.

—Te estoy diciendo que eso no fui yo.

—Mentiste sobre tus trabajos.

—Sí trabajaba.

—Durabas semanas y luego inventabas otra historia.

Diego elevó la voz.

—¡Porque tenía a ese tipo encima de mí!

—Y en lugar de pedir ayuda, decidiste robar.

Él golpeó la mesa con la palma abierta.

—¡No me llames ladrón!

Ernesto se puso de pie.

—Baja la voz.

Diego miró a su padre.

—¿También te vas a poner de su lado?

—No hay lados.

Ernesto levantó el cuaderno.

—Hay hechos.

La frase dejó a Diego sin respuesta.

Mariana caminó hacia el pasillo.

Abrió el clóset.

Sacó una chamarra de Diego.

Luego unos tenis.

Después una mochila.

Fue colocando todo cerca de la puerta.

Diego la siguió.

—¿Qué haces?

—Preparando tus cosas.

—¿Me estás corriendo?

—Sí.

—¿De mi casa?

Mariana soltó una risa breve.

—¿Tu casa?

El departamento estaba rentado a nombre de ella desde antes de casarse.

Durante los últimos meses incluso era Mariana quien pagaba casi toda la renta.

—Vete esta noche.

Diego volteó hacia sus padres.

—¿Me puedo quedar con ustedes unos días?

Rosa miró a Ernesto.

Por primera vez en horas, Diego pareció relajarse un poco.

Era evidente que esperaba la respuesta de siempre.

Un rescate.

Una habitación.

Dinero.

Tiempo para inventar otra solución.

Ernesto negó con la cabeza.

—No.

Diego creyó haber escuchado mal.

—¿Qué?

—No vas a ir con nosotros.

Rosa se sorprendió.

—Ernesto…

—Si lo llevamos a la casa, repetimos exactamente lo que llevamos años haciendo.

Miró a su hijo.

—Resolverte la vida.

Diego abrió los brazos.

—¿Entonces quieren que duerma en la calle?

—Eres un hombre adulto.

—¡Soy tu hijo!

Ernesto tragó saliva.

—Precisamente por eso debí dejarte enfrentar tus decisiones mucho antes.

Diego miró a su madre.

—Mamá.

Rosa tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Por favor.