PARTE 1
—Vengan mañana a las diez. Encontré algo de Diego y necesito que lo vean ustedes mismos. Por teléfono no me van a creer.
Mariana llamó a sus suegros un sábado a las ocho de la noche. Del otro lado de la línea, Rosa permaneció varios segundos en silencio antes de responder:
—Está bien. Ahí estaremos.
A la mañana siguiente, Rosa y Ernesto llegaron al pequeño departamento de Guadalajara donde Mariana vivía con Diego y su hijo Mateo, de cuatro años.
Mariana no les ofreció café. Tampoco intentó preparar el terreno.
Puso sobre la mesa un cuaderno viejo, cubierto con plástico transparente, y lo abrió por una página llena de fechas, nombres de objetos y cantidades.
Ernesto se puso los lentes.
Rosa fue la primera en leer:
“Cadena de Mariana — vendida — $3,200.”
Se llevó una mano a la boca.
Aquella cadena había desaparecido dos años antes. Mariana había revisado cajones, bolsas, el automóvil, incluso llamó al salón de belleza donde había estado el día anterior. Terminó convencida de que la había perdido por distraída.
Lloró de coraje consigo misma.
Ahora sabía que nunca se había perdido.
Tres años antes, Diego había aparecido debajo de su ventana con una guitarra después de conocerla apenas unas semanas. Mariana tenía veintiún años y trabajaba en una tienda de ropa de segunda mano. Él era carismático, impulsivo y parecía tener una seguridad que a ella le fascinaba.
Dos meses después se casaron.
Al año nació Mateo.
Durante mucho tiempo Mariana confundió aquella impulsividad con determinación.
Hasta que Diego empezó a cambiar de empleo como quien cambia de camisa.
Guardia de seguridad, repartidor, ayudante en una obra, vendedor, chofer…
Nunca duraba más de tres o cuatro meses.
Siempre había una explicación.
El jefe era un abusivo.
El horario era incompatible con tener un hijo.
No le pagaban a tiempo.
Últimamente aseguraba que sobrevivía haciendo “chambitas”: una mudanza, una reparación, un viaje con algún conocido.
El dinero aparecía de manera extraña.
Una semana llegaba con pizza, flores y juguetes para Mateo.
Después pasaban quince días en los que Mariana tenía que contar las monedas antes de cobrar su sueldo.
Lo más raro era que Diego siempre evitaba que ella hablara demasiado con sus padres.
Si Mariana quería visitarlos, él inventaba un problema.
Si Rosa llamaba, Diego tomaba el teléfono.
—Yo hablo con mi mamá, tú descansa.
El viernes anterior, Diego había preparado una mochila.
—Me voy con unos amigos a Mazamitla. Necesito despejarme y pensar qué quiero hacer con mi vida.
Mariana ni siquiera discutió.
El sábado, mientras buscaba una bicicleta infantil en una bodega del edificio, encontró aquel cuaderno escondido detrás de unas cajas.
Y la cadena era apenas una línea.
Había muchas más.
“Reloj de papá — $12,500.”
“Broche de la abuela — $16,000.”
“Juego de cucharas de plata — $5,800.”
Rosa comenzó a pasar las hojas cada vez más despacio.
—Diego nos dijo que guardaría nuestras cosas de valor en una caja fuerte —susurró—. Nos dijo que en su casa estarían más seguras.
Ernesto levantó la vista hacia Mariana.
Ya no parecía enojado.
Parecía asustado.
Porque casi todos los objetos que su hijo había prometido proteger aparecían anotados como vendidos.
Y al final del cuaderno había algo todavía peor:
un usuario, una contraseña y el nombre de una cuenta que ninguno de ellos conocía.
En ese momento Mariana entendió que el cuaderno no era el final del secreto.
Era apenas la puerta de entrada… y ninguno de los tres podía imaginar lo que estaban a punto de descubrir.
