—Vine a pedirte perdón. No solo por llamarte fracasada. Por todo.
No dije nada.
—Durante años pensé que Carmen era exitosa porque nunca hablaba de problemas. Ahora entiendo que no hablaba de ellos porque tú y papá los resolvían. Ella me compraba un vestido, pero tú pagabas el seguro. Ella me invitaba al spa, pero tú pagabas la universidad. Yo veía lo divertido y despreciaba lo difícil.
—Sí.
Pareció dolerle que no suavizara la respuesta.
—También entendí que papá me usó. No solo con el crédito. Me usó para castigarte. Cada vez que yo te comparaba con Carmen, él sonreía. Yo creía que estaba defendiendo su nueva familia, pero estaba ayudándolo a humillarte.
—Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Mariana comenzó a llorar.
—¿Cómo pudiste seguir ayudándome tanto tiempo?
—Porque te amo. Y porque confundí amor con sacrificio ilimitado.
—¿Todavía me amas?
—Siempre.
—¿Pero nunca volverás a pagar mis cosas?
—No como antes. Si algún día tienes una emergencia real, hablaremos. Pero no seré responsable de sostener tu estilo de vida. Eres adulta.
Se secó las lágrimas.
—Conseguí una práctica pagada en una agencia. Si me va bien, podrían contratarme cuando me gradúe.
—Estoy orgullosa de ti.
Su rostro cambió. Aquellas palabras parecían significar más que cualquier transferencia bancaria.
—Gracias, mamá.
Luego me entregó un sobre. Dentro había 8,000 pesos.
