—Ser madre es parte de ti —me dijo una noche—. No debería ser la única parte.
Esas palabras me acompañaron cuando mi jefa me ofreció la gerencia de contabilidad. El puesto incluía un aumento de 25 por ciento y viajes a Monterrey, Guadalajara y Mérida.
Un año antes habría rechazado.
Esta vez acepté.
Mientras mi vida cambiaba, Mariana también empezó a transformarse. Aprendió a cocinar, a comparar precios y a decir que no cuando sus amigas proponían planes que no podía pagar. Solicitó una beca parcial y consiguió un crédito educativo por el resto de la colegiatura.
Un domingo me llamó sin pedir nada.
—Mamá, hoy entendí por qué siempre guardabas los recibos.
—¿Qué pasó?
—Me cobraron dos veces el internet. Revisé el estado de cuenta, llamé y me devolvieron el dinero.
Me reí.
—Felicidades. Ya hablas como contadora.
Ella también rió. Fue la primera conversación ligera que tuvimos en meses.
Sin embargo, el cambio verdadero ocurrió seis meses después, cuando me pidió visitarme.
Llegó en transporte público, usando jeans, tenis y una mochila sencilla. Traía una caja de pan dulce.
—Lo compré con mi dinero —aclaró, casi avergonzada.
Nos sentamos en la sala. Miró las paredes nuevas, las fotografías de mis viajes de trabajo y un par de zapatos de baile junto al sillón.
—Tu casa parece otra.
—Yo también soy otra.
Mariana respiró profundo.
